PREMIO

MEDALLA DE ORO AÑO 2001

Ingeniero Edgar Köster Frank

Ceremonia de entrega del Premio Medalla de Oro a don Edgar Köster Frank.

 

Ante una nutrida concurrencia se realizó el 25 de octubre pasado en el Salón de Honor del Instituto, la ceremonia solemne en la que el Ingeniero Edgar Köster Frank recibió la Medalla de Oro que el Instituto reserva para sus miembros más destacados.

El Presidente del Instituto, Ing. Alvaro Fischer, inició la ceremonia con una breve intervención en la que se refirió a la naturaleza del premio, su significado dentro del Instituto y en la comunidad de los ingenieros y al especial merecimiento de quien lo recibe este año:

 

El Presidente:

- Nos reunimos hoy en esta sesión solemne, con el objeto de entregar la Medalla de Oro del Instituto de Ingenieros de Chile de este año al distinguido ingeniero civil, Don Edgar Köster Frank. Culminamos así un proceso de elección y premiación que realizamos cada año. Esta ceremonia, festiva pero solemne, captura lo mejor de ese proceso. La Medalla de Oro constituye la máxima distinción que otorga el Instituto de Ingenieros anualmente, y se entrega al ingeniero que se haya destacado, a través de su trayectoria de vida profesional, por sus extraordinarios aportes y servicios a nuestro país, a la profesión o al propio Instituto. El tablero gigante que se encuentra enfrente de ustedes consigna la lista de todos quienes han sido merecedores de este premio a lo largo de su historia. Esa lista incluye a algunos de los más ilustres ingenieros de nuestra patria. Es una lista que además, cada año se ve incrementada por la incorporación de otro extraordinario profesional, y de esa manera ha ido construyendo por sí misma el prestigio que este premio ha alcanzado. Este año, al otorgar la Medalla de Oro de nuestro Instituto a Don Edgar Köster, hacemos honor, por una parte, al aludido prestigio que precede a ese galardón, y por otra, incrementamos dicho prestigio con la incorporación de tan ilustre personalidad a ese exclusivo grupo.

Antes de presentar formalmente a nuestro premiado, presentación que estará a cargo de quien lo precedió en esta distinción, el Dr. Igor Saavedra, permítaseme expresar mi personal admiración y reconocimiento a las cualidades y a la labor desarrollada por Don Edgar a lo largo de su trayectoria profesional. Conocí a Don Edgar a comienzos de la década de los ochenta, cuando él era Director General del Metro, y se completaba de la extensión de la Línea 1 hasta la Estación Escuela Militar. Yo comenzaba mi vida profesional y participaba en un proyecto de estacionamientos subterráneos acoplados a dicha estación. Entonces fui testigo de cómo, todos los lunes se hacía la visita de obra, a cargo de él, y pude admirar la acuciosidad, conocimientos y liderazgo con que realizaba esa labor. Posteriormente, en un período en que fue Director de nuestro Instituto, nos contaba de sus tribulaciones como Presidente de Copec, que en ese tiempo formaba parte de la llamada área "rara" de la economía y cómo logró superar las enormes dificultades financieras a las que estaba sometida esa empresa. Más adelante, cuando fue Presidente de la Clínica Alemana, y yo participaba en otro proyecto de clínica privada, pude admirar su labor en el desarrollo de esa institución.

Pero recuerdo especialmente una sesión del Directorio del Instituto, hacia fines de los 80, en la cual y previamente al inicio formal de ella, contaba Don Edgar que había ido en tren a Puerto Montt para seguir viaje a Chiloé a revisar otro proyecto más en el que participaba, en este caso de cultivos marinos. El tren sufrió un problema y quedó parado por horas a mitad de camino en la mitad de la noche (esa situación era más bien usual, aunque a los Directores del Instituto no les resultara, y no nos sigue resultando, cómodo reconocerlo). Pues bien, Don Edgar, fiel a su vocación de hacer las cosas bien, a su laboriosidad, a su acuciosidad y a su espíritu de servicio, no sólo no se quedó en el tren esperando que las cosas se arreglaran, sino que fue personalmente a revisar la vía, a pesar de ser un ciudadano privado sin responsabilidades públicas en ese minuto, y luego de constatar el problema puntual, revisó las zonas aledañas y preparó un informe que hizo llegar a las autoridades, pues se dio cuenta que el arreglo que se estaba haciendo iba a resolver el problema ese día pero la situación podría repetirse en cualquier minuto.

Esa anécdota, que a mí se me quedó grabada, ilustra sólo algunas de las cualidades de nuestra Medalla de Oro 2001. Don Edgar, no puedo menos que extenderle mis más calurosas felicitaciones por el galardón que hoy le entregamos, y expresar mi satisfacción porque sus merecimientos, de sobra establecidos, le están siendo reconocidos en esta ocasión por nuestro Instituto. Un caluroso abrazo.

Muchas gracias.

 

De acuerdo con la tradición, la presentación del galardonado la hizo el ingeniero que obtuvo la Medalla de Oro el año anterior, don Igor Saavedra Gatica.

 

Sr. Igor Saavedra:

- La tradición del Instituto establece que la persona agraciada el año anterior con la Medalla de Oro tiene el privilegio de presentar a su sucesor, lo que en mi caso es más que un privilegio: es un placer. En efecto, más allá incluso de su brillante carrera, la historia familiar de Edgar Köster Frank - "Egi", para los amigos - es tan apasionante como una historia de ficción, y como tal culmina bien: con sus notables logros profesionales.

Siendo aún estudiante en la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Chile, empezó a financiar parcialmente sus estudios con los ingresos que le proporcionaron sus recién adquiridos conocimientos de topografía. Obtuvo su título de Ingeniero Civil en 1945, dos años después de egresar y su memoria, "Teoría Plástica Aplicada al Hormigón Armado", le valió una invitación a ingresar a la vida académica con un cargo en Idiem, el que sabiamente declinó. Sin que en ese momento pudiera saberlo, era su vocación de "hacedor" de empresas la que lo llamaba y la que iba a llevarlo por la geografía de Chile construyendo obras de gran importancia para el país.

Su padre llegó a Chile desde Alemania, empujado por el sistema de mayorazgo en la propiedad agrícola imperante a fines del Siglo XIX, ya que él era el segundo hijo en su familia y por lo tanto debía buscar otros horizontes. Venirse a Chile debe haber sido la mayor aventura imaginable en ese tiempo; sin duda era el último rincón del mundo, ¡y en más de un sentido!. La inspiración se la dio un tío que años antes, y por la misma razón, había emigrado a Chile. Queda entonces una pregunta pendiente: ¿por qué eligió este país el tío abuelo de Edgar? La respuesta es prosaica: porque el Cónsul de Chile en Hannover le dijo: "Chile es un país con futuro", y ¡caramba cuánto de razón tenía ese cónsul!, en el entendido, por cierto, de que ese futuro había que construirlo. Es en ese espíritu, en consecuencia que llegaron a Chile los primeros Köster: a construir su futuro. El Instituto distingue en este acto a un señalado descendiente de ellos.

Su abuelo materno, por otra parte, también emigró a Chile, pero a la Patagonia. Tuvo una estancia en el entorno del lago San Martín, que en ese tiempo todavía era chileno, ya que pasó a formar parte del territorio argentino en el laudo arbitral de 1902. Bautizó su estancia como "La Federica", que era el nombre de su mujer (y que iba a ser la abuela de Edgar). Su negocio fue la exportación de lana, la que embarcaba a Europa en Puerto Julián y en Santa Cruz, lugares del litoral argentino a los que se llegaba con la carga en carretas, en un viaje que en total duraba 60 días (ida y vuelta), ya que la distancia a la costa era de 380 kilómetros. El camino no era exactamente "de primera", pero los puentes sobre los ríos lo hacían peor: simplemente no existían y había que vadearlos.

Edgar estuvo en esa estancia cuando tenía dos años, y volvió recientemente a visitarla, acompañado por su nieto de cuatro años. De la estancia original, que ya no es de la familia, guardaba entre sus recuerdos una foto de su abuelo solo junto a la puerta del "Nuevo Galpón de Esquila". Frente a esa misma puerta, con el mismo letrero, se tomó una foto con su nieto de 4 años y luego, de vuelta en Santiago, con ayuda del "scanner" hizo un arreglo fotográfico en que, frente a ese galpón, cargado de recuerdos, aparecen ahora su abuelo, Edgar y su propio nieto, ¡cinco generaciones reunidas en un instante por la tecnología!.

Su abuela materna fue concertista en piano, estudió en la Academia de Clara Schumann y llegó a ser profesora en esa academia, lo que habla por sí solo de su capacidad musical. Edgar heredó de ella el amor por la música, aún cuando se define sólo como "músico por asistencia" a los conciertos. Como estudiante de ingeniería formó parte de un grupo de amigos que una vez a la semana se reunían a escuchar los discos de música clásica que cada uno aportaba. Su compositor preferido es Beethoven, aunque también le gustan Wagner y, más recientemente, Mahler.

La historia de esa estancia, parece uno de los buenos cuentos de la Patagonia, salvo que es real: al abuelo de Edgar se le ocurrió ir de paseo a Alemania, pero lo hizo en 1914, ¡justo al comienzo de la Primera Guerra Mundial!. Como consecuencia, recién en 1919 pudo volver a su estancia, o más apropiadamente a lo que quedaba de ella, debido a los malos manejos de los que quedaron a cargo de su funcionamiento. Para colmo de males, en 1926 hizo crisis el negocio de la lana, lo que le llevó a vender todo y venirse a Chile a radicarse en Temuco. Sin embargo, poco más adelante tuvo otra "ocurrencia" peor aún que la de 1914: aceptó ser aval de un amigo y ¡quebró como consecuencia!.

Es a la luz de este "background", en el marco de su historia familiar, que hay que estudiar la trayectoria profesional de Edgar Köster. Dije al comienzo que ésta ha sido brillante. La resumo parcialmente ahora para sustentar mi afirmación.

En 1945 (el año que se recibió) formó, junto con los ingenieros civiles Carlos Binder y Hans Wagner, una sociedad de construcción habitacional, la que, en sus palabras, fue para él "una buena escuela". Fue un período de trabajo muy intenso, con jornadas de 10 a 12 horas diarias y que a menudo incluían sábados y domingos, y que no sólo sirvió para completar la formación profesional de Edgar: una de sus hermanas terminó casándose con Carlos Binder.

En 1952 se hizo cargo, en representación de la empresa, de un proyecto de la Sociedad Azufrera Polán para construir una planta de extracción de azufre con sulfuro de carbono como solvente. Le correspondió también participar en el diseño de la planta, con la que se debería pasar de un rendimiento de extracción de 30 a 40% a uno de 95%. Dado que esos años eran de grandes exportaciones de azufre, la rebaja de costos que produciría la introducción de la planta resultaría un aporte muy significativo para el país. Además y simultáneamente, se hizo cargo de la dirección de la mina de Polán, cerca de Ollagüe, a más de 5000 metros sobre el nivel del mar, y de Saciel, en San Pedro de Atacama. Es casi innecesario decir que la primera vez que subió a las minas se apunó, como correspondía. Sin embargo, se adaptó rápidamente y trabajó a un ritmo apto sólo para un ingeniero joven y de gran energía. Vivía en Antofagasta con su esposa y los niños. Subía solo a la pampa en su camioneta, sin radio, pasando horas sin encontrar ningún otro vehículo, ¡y llevando los fines de semana un bolsón con la plata para los mineros!. Le fascinaron la soledad y la inmensidad de la pampa, la hermosura de la cordillera, los cambios de colores en el paisaje a medida que el día transcurría. El lo resume en una palabra: ¡Maravilloso!. Y declara que todavía "le pena" la pampa.

Antofagasta siempre ha tenido más de campamento que de ciudad, y en los años 1952 - 1953 era todavía más así: escaseaba el agua potable y los Köster guardaban su reserva en la tina de baño.

En 1953 su empresa se fusionó con TECSA, y la combinación ganó la licitación para construir la primera planta de azúcar de betarraga (remolacha) en el país, proyecto de gran importancia nacional. Al hacerlo, asumieron el compromiso de tenerla funcionando a tiempo para evitar la pérdida de la cosecha del año, lo que significaba un plazo muy estrecho, casi imposible de cumplir.

En septiembre de ese año Edgar dejó el norte para instalarse en la faena en Los Angeles, en una verdadera "guerra contra el tiempo" para cumplir con el contrato. Recuerda de esa época que dormía con el ruido de las betoneras en los oídos, y despertaba ¡cuando paraban! para hacerse cargo de la emergencia. Pero cumplieron. Como consecuencia, su empresa se adjudicó, más adelante, los contratos de otras plantas IANSA (Llanquihue (1958), Linares (1959), etc., cinco en total) y otros proyectos de la mayor relevancia en los cuales Edgar, como socio y Director de TECSA, estuvo a cargo de la dirección técnica y la supervisión, pero ya instalado en Santiago. Entre 1954 y 1975 destacan las obras: construcción de población e instalaciones industriales de la Cía Minera Andina; construcción de 4 observatorios, hotel e instalaciones especiales para ESO (European Southern Observatory) en La Silla; fábrica de celulosa de CMPC en Laja; de Cemento Bío-Bío; de papel de diario de Industrias Forestales de Nacimiento; y diversas obras para la Compañía de Aceros del Pacífico en Huachipato.

Entre 1963 y 1965, en representación de tres empresas que formaron la "Empresa Constructora Pudahuel", se hizo cargo de la dirección de la construcción del aeropuerto. Esta es otra de sus obras mayores. Hubo que cumplir con las especificaciones (muy exigentes) de la "Federal Aviation Agency", tales como hormigones de alta calidad y estrictas tolerancias en la lisura del pavimento. Debieron luchar también con las exigencias que el propio nombre del lugar impone: "Pudahuel", en mapudungún significa "en la laguna", y por lo tanto, además de las exigencias de los inspectores estadounidenses, tuvo que lidiar con las aguas subterráneas, los drenajes necesarios y los zancudos inevitables, pero éstos, según él, ¡nunca lo picaron!.

Como subproducto, sin embargo, pudieron aplicar posteriormente el "know how" adquirido a contratos con la Dirección de Vialidad, lo que en último término hizo que esas exigencias fueran especificadas para todos los pavimentos de caminos, con el consiguiente beneficio de los usuarios en todo el país.

Hay mucho más que decir, por cierto, pero le dejo a Edgar la tarea de exponer sus logros más recientes. Para constancia, sin embargo, señalo algunos de los hitos más importantes.

Don Edgar Köster Frank recibe la Medalla de Oro 2001, de manos del Presidente del Instituto, Sr. Álvaro Fischer.

Entre 1975 y 1981, a petición del gobierno se retiró de la actividad privada para asumir la Dirección General del Metro de Santiago, en otras palabras, durante ese período cumplió con su Servicio Militar. El éxito de su gestión es bien conocido, y además, muy usado por todos nosotros. Entre 1986 y 1999 fue Vicepresidente (5 años) y luego Presidente (7 años) de la Clínica Alemana de Santiago. Como usuario permanente de la Clínica, personalmente le estoy muy agradecido por todo lo que hizo por ella. Su extraordinaria labor le fue reconocida en 1999 con su designación como Miembro Honorario de la Sociedad de Beneficencia Hospital Alemán, distinción otorgada con anterioridad sólo en 12 oportunidades en los 94 años de existencia de la Sociedad hasta esa fecha.

Ha recibido también la Legión de Honor en el grado de Oficial del Gobierno de Francia, en 1980, y la condecoración de la Orden al Mérito del Gobierno Alemán, en 1996.

En la actualidad, y aparte de sus intereses en la minería y en las nuevas tecnologías de comunicaciones, dedica sus esfuerzos a tareas agrícolas (lechería y forestal) en la X Región. Ya en 1967 se hizo cargo del fundo de su suegro en La Unión, - "para que no se perdiera"- y a éste agregó luego otro, en el que ha plantado árboles nativos en un gran jardín, de los que ha tenido el gran placer de verlos crecer; tanto, que cada vez que llega a su campo los saluda personalmente a todos y cada uno.

Esta es, señor Presidente, en una muy apretada síntesis, la trayectoria Premio Medalla de Oro 2001 del Instituto de Ingenieros, don Edgar Köster Frank.

Muchas gracias.

Después de la presentación, el ingeniero Edgar Köster recibió de manos del Presidente del Instituto la Medalla de Oro y el Diploma respectivo. A continuación tomó la palabra para agradecer la distinción recibida en los siguientes términos:

Sr. Edgar Köster:

- Quiero comenzar mis palabras, expresando al Sr. Presidente del Instituto, don Álvaro Fischer y a los miembros del Directorio y del Consejo Consultivo, mi profundo agradecimiento por el alto honor con que me han distinguido al otorgarme la Medalla de Oro, premio que recibo con mucha emoción y también con mucha humildad, consciente de que este logro se lo debo a muchas personas, las que a lo largo de mi participación en los más diversos proyectos y actividades, me han dado su apoyo, consejo, experiencia, amistad y cariño.

Quiero agradecer también en forma muy especial al Profesor Dr. Igor Saavedra, mi antecesor en la obtención de esta Medalla, por sus conceptuosas palabras al presentarme a esta distinguida concurrencia.

En el devenir de los años, muchas personas e instituciones contribuyen a la formación de un profesional y no puedo dejar de recordar y agradecer a todos los que de una u otra forma me han guiado por el camino de la vida.

Ahí están en primer lugar mis padres, que nos dieron a los 4 hermanos un hogar feliz, que se esforzaron por darnos una buena educación y que aceptaron el sacrificio para que yo pudiera seguir una carrera universitaria en una época para ellos de muchas dificultades. Ellos nos dieron el ejemplo de una vida austera, de cariño y de esfuerzo, nos llevaron a entusiasmarnos por el deporte, lo que sin duda ha contribuido a nuestra salud física y mental.

Dedico un recuerdo agradecido a Norma, mi primera esposa, por el apoyo que me dio desde el inicio de mi vida profesional, por los tres hijos que desde siempre han aportado mucha alegría a mi vida.

Agradezco a mi esposa Beatriz, por su cariño, su compañía y su entusiasmo para acompañarme en todas mis aventuras y andanzas.

Recuerdo mi paso en preparatorias por ese Colegio tan especial en la calle Lota, instalado en lo que habían sido las caballerizas del fundo de Ricardo Lyon y posteriormente los 6 años de humanidades en el Colegio Alemán de la calle Almirante Barroso. Guardo en mi recuerdo a muchos queridos profesores, entre los cuales tiene un lugar especial, doña Raquel Martinolli, nuestra profesora de física y matemáticas, por cuyas manos pasaron posteriormente también mis hijos.

Y, por fin, rindo un testimonio de gratitud a la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Chile, que nos recibió generosamente en sus aulas, a mis compañeros de estudio por la amistad que me brindaron y a nuestros profesores que moldearon nuestra formación técnica, entre los que destaco a Gustavo Lira en la cátedra de Física, Carlos Mori en Cálculo y Geometría Analítica, Ramón Salas Edwards en Mecánica Racional, Reinaldo Harnecker en la cátedra de Electrotecnia , a Raúl Sáez y a quien en ese tiempo fuera su ayudante, Rodrigo Flores en la cátedra de Hormigón Armado, a don Francisco Javier Domínguez en Hidráulica. A todos ellos los tengo imborrables en mi memoria.

Terminados mis estudios trabajé durante los primeros años en la construcción habitacional. En Marzo de 1952, me trasladé al norte en representación de nuestra empresa, para hacerme cargo de la administración de la Sociedad Azufrera Polan. Fui presentado en las diferentes faenas de la Azufrera, primero en el lado de San Pedro y después en Polan, al interior de Ollagüe. Llegamos a Polan después de un largo viaje, para alojarnos ahí en el campamento a 5.000 m de altura. Mi entrada en escena fue lamentable, me sentí tan mal, estuve tan afectado de la puna, que al día siguiente apenas pude juntar fuerzas para conocer la mina y la cercana planta de autoclaves. Este episodio hizo que mi primera reacción fuera la de sentir un profundo respeto por esos hombres mineros y operadores de la planta que trabajaban en esas alturas y eso, en condiciones hoy impensables. En la mina todo se hacía a mano, no habían perforadoras ni cargadores, en la planta se trabajaba en turnos las 24 horas corridas, en un galpón abierto con temperaturas de varios grados bajo cero en verano y naturalmente más todavía en invierno.

Por el lado de San Pedro de Atacama las condiciones de trabajo tampoco eran muy buenas, el campamento pésimo y, cosa increíble, el polvorín estaba instalado adosado a los dormitorios. Había por lo tanto buenas tareas por delante.

San Pedro de Atacama hervía en ese tiempo, la fiebre del azufre la tenía tomada. Decenas de camiones circulaban por sus estrechas callejuelas, con escape libre hacían rugir sus motores a las 4 o 5 de la mañana cuando partían a buscar el preciado mineral en las alturas. Cuando los mineros bajaban al pueblo con buena plata en el bolsillo copaban el restaurante del hotelito y tomaban cerveza por m2 y más de alguno aparecía al día siguiente en la oficina a pedir un anticipo. Se había farreado o le habían robado toda su plata.

Las condiciones de higiene eran inaceptables, pero había que vivir con ellas. Cuando en una oportunidad vuelvo más temprano al hotelito, me encuentro con la muchacha llenando el jarro de mi lavatorio con agua de la acequia que corría por la calle. Ante mi asombro me dice: " no, si yo le pongo unas hojas y con eso se limpia".

No me convenció y de ahí en adelante me traían el agua en un barril que se llenaba en la única llave de agua potable del pueblo instalada en el patio del retén de carabineros. Quedé tranquilo hasta el día en que descubro que esa agua se captaba en el río Vilama, el mismo en que aguas arriba se lavaban nuestros trabajadores después de la jornada de trabajo. Esta situación cambió una vez que pudimos ocupar nuestro nuevo campamento.

Pasaba el tiempo, producíamos azufre y los edificios de la nueva planta estaban terminados. Llegaron los alemanes para comenzar el montaje de la planta que debía revolucionar el ambiente azufrero. Mi misión estaba cumplida y comencé a hacer las maletas para volverme al sur, por cierto con algo de pena porque terminaba para mí una época muy linda, terminaba ese año y medio en la pampa nortina, en esas montañas y trabajando con esa gente tan especial. Y pasaban ante mis ojos sus caras, entre ellas la de Juan Guerra, ese hombre que supo solucionarnos un buen problema. Habíamos comprado en Iquique una caldera que por ferrocarril nos fue enviada a Calama. Ahí estaba y no había en toda la zona un vehículo capaz de transportar esas 22 ton a San Pedro. Iba saliendo con mi ayudante a Chuquicamata, en otro intento de encontrar ahí una solución, cuando nos detiene un lugareño que venía por el polvoriento camino.

"Ustedes quieren traer esa caldera que tienen en la estación de Calama" nos dice, " yo la puedo trasladar ". Un poco incrédulos, nos sentamos a conversar en la sombra del polígono de tiro y nos explica, que se conseguía 4 ruedas de carretones con sus ejes, los juntaba con una armazón de vigas que servirían de apoyo a un extremo de la caldera y para el otro, necesitaba uno de nuestros camiones sin la tolva y con los resortes bloqueados. Era claro que el camión y las 4 ruedas quedarían bastante sobrecargados pero teníamos que arriesgarnos.

La caravana que se formó, avanzó a la vuelta de la rueda por ese camino de tierra y en las subidas había que anteponer uno o dos camiones para tirar el convoy. La operación demoró tres días, Juan Guerra a pie detrás de la caldera, cuidando que la carga se mantuviera estibada, cuidando de mantener húmedas esas ruedas de madera para que no se aflojaran y llegó con la caldera a la planta y la dejó instalada en su ubicación definitiva. Este hombre, con su cara curtida por el aire seco y sol del norte, que apenas sabía leer y escribir, nos había dado una lección.-

Partí a Santiago y de ahí a Los Angeles, para hacerme cargo de la ya iniciada construcción de la primera fábrica de azúcar de remolacha. Fueron seis meses de mucha tensión en que, a pesar de variados entredichos con los alemanes a cargo del montaje, logramos coordinarnos y dar buen término a la obra.

Hago aquí un corto paréntesis para volver al norte. Naturalmente me interesaba conocer los resultados de la puesta en marcha de la nueva planta en San Pedro de Atacama. Los primeros informes que me llegaron fueron positivos y efectivamente se lograron los rendimientos esperados. Sin embargo, al poco andar, comenzaron a aparecer signos de corrosión en las instalaciones que en poco tiempo terminaron por destruirlas, seguramente por la formación de ácido sulfúrico en el proceso. Esto significó el fracaso del proyecto y para la sociedad autora del mismo el pago de una fuerte indemnización.

Después de terminar la fábrica de Los Angeles, siguieron en el transcurso de los años, los contratos de construcción de una serie de obras e industrias de importancia.

Llegaron los difíciles años de los 70 y estábamos realizando varias obras para Vialidad, cuando sorpresivamente se intentó estatizar nuestra empresa. Los interventores descerrajaron la puerta y se instalaron en nuestra oficina, 300 individuos de casco amarillo invadieron nuestros talleres y bodegas. Durante más de tres semanas la empresa estuvo paralizada, nuestros empleados, los operadores de las máquinas y los trabajadores, se negaron a cooperar con los interventores, lo que al final los obligó a desistir de su intento. La lealtad de nuestro personal salvó la empresa, la que nos fue devuelta, previo pago de los honorarios a unos abogados que habían preparado la parte " legal " de la expropiación.

A fines de 1975, mi amigo y entonces Ministro de Obras Públicas, Hugo León, me pidió hacerme cargo de la Dirección General de Metro. Me defendí de esa proposición con muchos argumentos que al final no me sirvieron de nada y tuve que aceptar el cargo y abandonar mis actividades privadas.

Asumí el cargo encontrándome con una situación bien complicada. Había alrededor de 160 contratos vigentes de obras del Metro y de Vialidad Urbana, la mayoría paralizadas bloqueando la ciudad en múltiples lugares. Y no había cómo hacerlas caminar, ya que el presupuesto para 1976 no alcanzaba ni siquiera para cubrir el reajuste mensual de lo que se adeudaba a empresas y proveedores.

Pudimos dar un primer paso para solucionar una parte del problema, gracias al apoyo del Ministro de Hacienda Jorge Cauas y a la cooperación de las empresas que aceptaron que la deuda se les cancelara con bonos reajustables del Estado. Esto permitió además liquidar anticipadamente la mayoría de los contratos de obras de Vialidad Urbana en que la generosa cooperación de la mayoría de las empresas constructoras fue decisiva.

Un segundo paso fue la obtención en Francia, de un crédito de libre disposición por US$ 3,4 millones que nos permitió reiniciar las obras del Metro. En ese momento fijamos el 31 de marzo de 1977 como fecha para poner en servicio el tramo hasta Salvador. Todo el personal del Metro y las empresas a cargo de las obras, trabajaron con mucho entusiasmo y esfuerzo, lo que permitió cumplir con el plazo prometido aunque durante los primeros meses tuvimos que operar sin detención en la Estación Universidad de Chile, la que, siendo la obra de mayor envergadura en el tramo estaba recién en excavaciones mientras que en la Estación Salvador se iniciaban las terminaciones.

Con las obras en marcha, nos dedicamos a revisar el programa que se nos había fijado, que consultaba en la próxima etapa la construcción de la Línea 2, dividida en dos tramos hacia el sur y uno hasta Buen Pastor, al norte del río Mapocho. Este último tramo, de alto costo por una serie de obras anexas y que de hecho aportaría poco público, no resistía comparación con una extensión de la Línea 1 hacia el oriente.

En un preestudio, cambiamos el trazado que consideraba seguir por Providencia doblando en Los Leones hacia Vitacura, por lo que hoy es el tramo Salvador - Escuela Militar. Recuerdo que en un momento se tuvo la absurda idea de seguir el Metro al oriente de Salvador por la Avda. Costanera, lo que por suerte fue impedido, gracias al informe que nuestro Instituto presentó al Gobierno.

No sé a qué se debió esta idea de trazar el Metro por zonas que a simple vista aportarían pocos pasajeros, como también lo es el tramo Franklin – Buen Pastor, que, en mi opinión habría sido exitoso de seguir el eje Gran Avenida hacia San Diego, Bandera e Independencia. Se me contestó una vez que ese tema había sido estudiado por computación en París, y guardando las proporciones, me vino el recuerdo de una clase con don Ramón Salas en que decía: " Oh, estos niños ya no tienen cabeza, si yo digo 4 por 5, mueven la regla de cálculo y el primero que contesta dice 19,8".

Con la aprobación de Hugo León y con ocasión de la inauguración del tramo a Salvador, propuse al Presidente Pinochet el cambio del tramo Los Héroes – Buen Pastor, por el tramo Salvador – Escuela Militar, lo que fue aceptado con la condición de antes terminar los dos tramos de la Línea 2 al sur.

Las obras del Metro siguieron su curso y las sucesivas etapas se fueron cumpliendo conforme a programa.

En el afán de ampliar nuestros servicios, llegamos a los primeros acuerdos de combinación con Líneas de buses y lo que más nos interesaba, era llegar a una combinación con trolleybuses como una lógica extensión de una Línea de Metro.

Llegamos a un acuerdo con la ETC, todavía en posesión de algunos de estos vehículos y se inició un servicio que cubrió el tramo Salvador – Escuela Militar. Lamentablemente no tuvimos el manejo de este servicio, que fue deficiente en todo sentido y que terminó con la liquidación final de la ETC. Sigo pensando, sin embargo, que el tolleybus es una excelente solución para Santiago, no sólo porque no contamina sino que también porque, según los estudios que Andrés Poch hizo en su tiempo, el costo de explotación resultaba más bajo que el de los buses.

Pretendimos establecer servicios de trenes suburbanos desde Buin o San Bernardo a Estación Central, lo que propuse a un Ministro de Transporte que antes había sido Director de FF.CC. que por lo tanto debía tener interés en el tema, pero mis ideas fueron rechazadas con argumentos ridículos. Menos éxito todavía tuvieron las ideas de trenes rápidos hasta Melipilla o hacia el norte desde la Estación Mapocho, que pudieran fomentar la creación de pueblos dormitorio para Santiago.

El 20 de agosto se cumplió la última etapa del programa que había sido fijado por el Gobierno. Ese día se puso en servicio el tramo entre Salvador y Escuela Militar y para mí se cumplía la misión que se me había encomendado. Habíamos logrado nuestro propósito con el trabajo mancomunado de mucha gente, para empezar, con el apoyo de todo el personal del Metro, sus profesionales, técnicos y ayudantes.

Fue para mí una experiencia extraordinariamente grata observar el entusiasmo con que todos participaron para cumplir nuestras metas, asumieron sus responsabilidades con mucha seriedad.

Entre mis colaboradores quisiera nombrar especialmente a dos colegas por su eficiente y leal colaboración, me refiero a Andres Poch y Carlos Silva.

Tuvimos también la permanente y efectiva colaboración de la misión francesa de Sofretu, representados en una primera etapa por Bernard Gantois y después por Daniele Delattre, ambos excelentes ingenieros. También debo destacar la siempre excelente disposición de las autoridades francesas para apoyar nuestra gestión. Por último, no puedo dejar de mencionar a las empresas constructoras que contribuyeron en forma efectiva a que pudiéramos cumplir nuestros plazos.

Presenté mi renuncia al cargo, pero se me pidió que me quedara para colaborar en la redacción de las bases que permitieran que privados participaran en futuras extensiones del Metro. Fue tiempo perdido, porque cuanta cosa redactábamos, ya en los primeros pasos sufría modificaciones. El tema no es fácil y me parece improbable que privados puedan interesarse en un proyecto de alta rentabilidad social pero de ninguna rentabilidad privada.

Tengo entendido que existe un solo caso de un Metro financiado íntegramente por una sociedad privada. Según recuerdo esto fue en Hong Kong, donde la empresa logró financiarse gracias a la enorme plusvalía de los terrenos por el paso del Metro. Un camino intermedio que se ha practicado en algunas ciudades, puede ser la de traspasar la operación del Metro a una sociedad privada, pero tengo mis dudas al respecto.

El 15 de agosto de 1981 me retiré de la Dirección General de Metro entregando el mando a Andrés Poch, quien lamentablemente no fue designado como mi sucesor. La despedida que me dio el personal del Metro, es otro recuerdo que permanece inolvidable en mi memoria.

En los años que han pasado desde entonces, tuve la oportunidad de participar en diversos otro proyectos y tareas.

De 1983 a 1986, fui designado para integrar el Directorio de Copec, tras la intervención del Banco Santiago. A pesar de la difícil situación económica de la compañía, fue posible iniciar algunos proyectos, entre ellos el del carbón de Pecket en Magallanes. Gracias al apoyo del Presidente Pinochet, a quien expuse el proyecto, logramos el contrato para proveer de carbón la central térmica de Tocopilla, lo que nos aseguró el financiamiento. Mi tarea en Copec se cumplió con la reprivatización de la compañía.

En 1984, junto a Luis Browne, iniciamos nuestra actividad minera, primero en la mina Santa Dominga, al norte de La Serena, donde produjimos un concentrado de cobre y oro. En 1992, junto a Cocar, fuimos exitosos en la licitación de la mina Can-Can, al interior de Copiapó, zona en que seguimos trabajando hasta el día de hoy. Un proyecto al interior de Arica está esperando la aprobación de las autoridades para poder iniciar las faenas.

Desde 1981 también dedico algún tiempo a la agricultura, ya que algo había que hacer con ese campo familiar en La Unión. Comencé a tomarle el gusto a esa actividad en tan estrecho contacto con la naturaleza y aprendí a conocer de cerca a esa gente del campo, tan auténtica, tan especial en sus costumbres, en sus leyendas. Recuerdo mis caminatas por las praderas y las boscosas quebradas, acompañado de mi mayordomo don Lucho Catalán y sus interminables cuentos. Decía que de joven había cerrado un pacto con el diablo, lo que le había ayudado a surgir. Todos los acontecimientos, buenos o malos, eran señales de ese sujeto. Un día recibo una carta de Catalán en que, entre otros, me dice: "patrón, le cuento una nueva, nació una ternera de 3 patas, la pata que le falta es la mano derecha". Una descripción clara. Naturalmente para él ésta era otra señal del diablo, que interpretaba en el sentido que había que cuidar mucho esa ternera, porque si moría, algo malo le podía suceder al patrón, de ahí que siempre la ubicó en los mejores pastos.

Algún día tuve que separarme de don Lucho ya que era imposible cambiar su idiosincracia, sus costumbres y sus conocimientos no admitían cambios de tecnología. "No, eso nunca se ha hecho así", era su argumento. Se fue feliz, después de más de 30 años en el campo, al terruño que le regalamos. Y desde entonces, considerando sólo nuestra producción lechera invernal, hemos tenido un crecimiento por vaca masa, a más de 10 veces la cantidad de aquella época.

Participar en el Directorio de Clínica Alemana, ha sido otra experiencia interesante. Tomar parte como ingeniero en la planificación y desarrollo de la Clínica, en el diseño y construcción de la nueva y moderna Clínica en Temuco, participar en el proyecto " Residencia Protegida", primer centro en Chile para una atención especializada de no autovalentes, cooperar en la implementación de la más avanzada tecnología para proporcionar al cuerpo médico los mejores equipos y así facilitar su labor, en fin, trabajar junto a los médicos, ese gremio de profesionales con quienes los ingenieros compartimos el espíritu de servicio a la Comunidad, todo eso ha sido para mí motivo de honda satisfacción.

En estos ya casi 60 años de actividad profesional he tenido la suerte, el privilegio de poder participar en proyectos de tan diversa índole como los que he narrado y ha mencionado Igor y he podido apreciar por tanto desde cerca, cómo el país ha ido avanzando, cómo se ha modernizado y cómo ha mejorado de forma visible el nivel de vida de la población.

Pero debemos seguir avanzando y surge la pregunta qué podemos aportar nosotros los ingenieros para acelerar nuestro crecimiento. Pienso que debemos buscar mediante la difusión de tecnología de avanzada, mejorar la productividad del país. Estoy convencido de este camino y por esta razón acompaño a mis hijos y sus socios en proyectos como la introducción al país del Sistema Operativo Linux en base al cual desarrollaron "Argonauta", un software diseñado para el manejo administrativo de la pequeña y mediana empresa que son las entidades que generan la mayor cantidad de empleo dentro del sistema productivo del país. El sistema y el software son de costo cero y la empresa tendrá que desembolsar sólo el costo de implantación y eventualmente el de la capacitación. En otros proyectos estamos diseñando e integrando equipos de autoservicio para bancos o empresas, que compiten favorablemente con los equipos importados y en Ubinet hemos introducido al país la más avanzada tecnología para localización de personas, vehículos y objetos. Pretendemos de esta manera entregar herramientas a las empresas que les permita mejorar su eficiencia y seguridad.

Veo con optimismo que las autoridades de Gobierno han comprendido la importancia de promover el desarrollo tecnológico del país, apoyando iniciativas de este tipo, a través de varias Instituciones, entre ellas la Corfo. Esta política es de fundamental importancia para fomentar proyectos tecnológicos novedosos, los que no logran finaciamiento bancario por no disponer los interesados de las garantías que les exigen o simplemente porque esta línea de negocios no es del interés de los Bancos.

Otro hecho positivo que hemos podido conocer últimamente, es el caso de la Dirección de Abastecimiento del Estado, vía Internet se ha abierto a todo el mundo, personas y empresas de cualquier punto del país pueden participar fácilmente en las licitaciones, lo que significa un paso efectivo hacia una descentralización. Como por otro lado los resultados de las licitaciones también se dan a conocer vía Internet, se está logrando una muy deseable trasparencia de la gestión.

Pero faltan más acciones en esta misma dirección, es necesario reducir en forma efectiva y rápida la burocracia del Estado, para dar un solo ejemplo, no es posible que la formación de una Sociedad en Chile se demore meses, cuando en un país desarrollado toma sólo días.

Es necesario también, que las autoridades comprendan que las excesivas trabas y reglamentos asfixian las iniciativas, es necesario que se entienda que las empresas son generadoras de trabajo y bienestar, y que mientras más entrabadas se encuentren, menos aportarán al progreso del país.

Es indispensable también terminar con el extremismo ecológico, que ha logrado postergar en años, entre otros, a proyectos como la planta de celulosa de Valdivia o la Central Ralco, proyectos éstos de la mayor importancia para nuestro desarrollo.

Y hay muchas posibilidades más en que puede contribuir el Estado para acelerar el crecimiento del país.

Y con esto termino mi relato.

Tengo la gran suerte de poder seguir con algunas actividades de la profesión y agradezco a mis socios y amigos, algunos aquí presentes, que sigan aceptando mis intromisiones.

Una vez más agradezco a los Directores de nuestro Instituto, del cual soy socio desde mis tiempos de estudiante, por la honrosa distinción que me han otorgado. En mis pensamientos quiero compartir esta Medalla con dos personas que ya no están entre nosotros, que me han acompañado en largos trechos de mi actividad profesional, son ellos Carlos Binder y Hugo León.

Y repito lo que dije al cumplir mis 80 años, doy gracias a la vida por lo tanto que me dio, doy gracias a Dios por la vida que me ha dado.

 

(Aplausos)

Srs. Igor Saavedra - Premio Medalla de Oro 2000, Beatriz Canello de Köster, Edgar Köster Frank - Premio Medalla de Oro 2001, Álvaro Fischer Abeliuk - Presidente del Instituto de Ingenieros y Jorge Cauas Lama - Premio Medalla de Oro 1999.