EL FENÓMENO EL NIÑO

Y SU INFLUENCIA EN EL CLIMA

Roberto Araya Barckhahn

Ingeniero Civil, INGENDESA.

 

HISTORIA DE "EL NIÑO".

Durante cientos de años los pescadores artesanales de Paita, en la costa norte del Perú, habían percibido una contra corriente caliente que anualmente venía desde el norte. Por unas pocas semanas ella se sobrepone a las aguas frías, que se desplazan hacia el norte, correspondientes a la Corriente de Humboldt. Durante esos períodos cálidos la pesca es menos abundante, por lo cual los pescadores frecuentemente se toman un descanso para reparar sus equipos y pasar más tiempo con sus familias. A fines del Siglo XIX, la corriente recurrente se había hecho conocida como Corriente del Niño, o solamente El Niño. Este nombre correspondía al del Niño Jesús, en referencia a que normalmente aparecía alrededor de la Navidad. Confusamente, sin embargo, éste no es el mismo "El Niño" que nosotros conocemos hoy.

Cada ciertos años, esta contracorriente cálida se extendía más hacia el sur y en esas ocasiones duraba algunos meses y traía consigo excepcionales lluvias. A los pescadores esto le significaba tiempo infructuoso, por la traumática reducción de la captura de peces. Para los residentes alrededor de Piura, situada tierra adentro de Paita, estos mismos meses eran vistos como tiempos de plenitud pues, "... la tierra desértica es empapada por intensas precipitaciones", de acuerdo a una descripción del evento El Niño de 1891 y "en unas pocas semanas el país es cubierto por pastos abundantes. El aumento natural de la masa ganadera prácticamente se duplica y el algodón puede ser plantado en lugares donde en otros años parece imposible tener vegetación." No parece extraño entonces que esos períodos fueran catalogados como años de abundancia o años de aguas.

Hoy en día, El Niño ha sido reconocido como la causa de los mayores cambios climáticos que el globo experimenta de año en año. Desde su epicentro en el Pacífico tropical, un El Niño modifica las corrientes marítimas, los vientos alisios, los sistemas gestores de lluvias y las rutas usuales de las tormentas alrededor del mundo. Las ondas de choque reverberan alrededor del mundo, afectando las cadenas alimentarias y las economías nacionales. Tal como desde el cielo pueden verse los resplandores de los rayos cayendo sobre localidades separadas, un evento El Niño puede afectar simultáneamente a todos los continentes. Pocas personas en este planeta pueden escapar de sus efectos.

Aun cuando la palabra evento se utiliza corrientemente para describir cada aparición de un El Niño, sería engañoso deducir que cada El Niño es de ocurrencia discreta y aislada, desconectada de otros El Niño que están afectando a otras regiones. Cada uno de estos eventos es un extremo de una oscilación continua, con cada nuevo capítulo comenzando al término del anterior. Como una bestia mitológica que yace en su cueva, emergiendo sólo esporádicamente para alimentar su apetito voraz, El Niño duerme, pero nunca muere.

En 1875 el inglés Henry Blanford fue nominado como Director General del Departamento de Meteorología de la India. En esa época reinaba el misterio acerca de las razones por las cuales ocasionalmente las lluvias monzónicas fallaban y cuando lo hacían, el caos era espectacular. Estando sólo dos años en su cargo, Blanford apreció con horror los efectos devastadores de la falla de un monzón. Para el año 1879 se contaban más de cinco y medio millones de personas muertas de hambre en la India. Comprendiendo la importancia que tenían los monzones para la vida humana, Blanford decidió estudiar las condiciones climáticas más allá de las costas de la India. La mejor información que podía obtener provenía de otras colonias inglesas.

En 1877 una de las peticiones de Blanford por información meteorológica llegó al astrónomo Charles Todd, Gobernador del Sur de Australia. En lo que es aparentemente el primer y definitivo reconocimiento de conexiones climáticas, Todd respondió: "Comparando nuestros registros (de Australia) con aquéllos de India, encuentro una cercana correspondencia o similitud de estaciones con respecto a lo prevaleciente de las sequías, y puede haber pequeña o ninguna duda que, como regla, las sequías severas ocurren simultáneamente en los dos países."

Uno de los sucesores de Blanford en el Departamento de Meteorología de la India fue Gilbert Walker. Él tuvo el mérito de haber sido capaz de establecer correlaciones estadísticas entre diferentes sistemas climáticos. Acicateado por las observaciones del meteorólogo sueco Hugo Hildebrand, quien determinó que existía una correlación inversa de la presión atmosférica entre Buenos Aires y Sidney, Walker se dedicó a contrastar información numérica de diferentes lugares del mundo. Así, alrededor de 1920 Walker describió tres aparentes "balancines" en la presión atmosférica y en la precipitación, donde un incremento en una región del mundo coincidía con un decremento en otra. Los primeros dos balancines – La Oscilación del Atlántico Norte, entre las regiones de las Azores e Islandia, y la Oscilación del Pacífico Norte, entre las Islas Hawaii y Alaska – no resolvieron el misterio de la variabilidad de los monzones de la India. Sin embargo, el tercero se veía más promisorio. Walker notó que cada pocos años, las condiciones atmosféricas usuales a través del Pacífico se invertían. Con su punto de pivoteo posicionado cerca de la línea de cambio de fecha (longitud 180°), las usuales presiones altas del este caían al mismo tiempo que las presiones bajas del oeste subían. Para distinguirla de los otros dos ciclos climáticos, Walker acuñó el término Oscilación del Sur.

Walker también observó que cuando las estaciones del monzón se presentaban con baja intensidad, frecuentemente ello estaba asociado a fuertes sequías en Australia, Indonesia, India y partes de Africa. Asimismo, hizo notar que en tales circunstancias en el oeste de Canadá los inviernos tendían a ser inusualmente moderados. Por el solo hecho de sugerir que las condiciones climáticas entre regiones del mundo tan distantes podían estar entrelazadas, uno de sus colegas británicos lo criticó duramente por escrito. En su respuesta, Walker pronosticó con acierto que una explicación sobre la materia vendría a su tiempo, pero que se requeriría del conocimiento de los patrones de los vientos sobre el nivel de la tierra, los cuales en aquella época no eran motivo de observación rutinaria.

En un comienzo el descubrimiento del ciclo atmosférico se mostró muy promisorio para efectuar pronósticos de largo plazo, pero como no se conocían los mecanismos físicos que lo sustentaban, el interés en su estudio decayó. Se necesitó que pasaran otros cincuenta años para que se pudiera dar una explicación al fenómeno. Una vez más, se requirió el gatillo de otro gran El Niño.

En los años 1957-58 las Naciones Unidas establecieron el Año Geofísico Internacional y dispusieron fondos para colocar boyas en los océanos del mundo y monitorear sus condiciones. Por coincidencia, 1957-58 fue uno de los más intensos El Niño del siglo. Por primera vez los científicos dispusieron de información de los mares y de los vientos a gran distancia dentro del Pacífico. Para gran sorpresa de los científicos, la información recolectada con las boyas climáticas mostró una fotografía muy diferente de la que se esperaba.

Entre el pequeño grupo de científicos que intentaba darle sentido a la información recolectada, destacaba el meteorólogo noruego-americano Jacob Bjerknes. Con la información de 1957 en sus manos, Bjerknes se dio cuenta que mientras Perú estaba sujeto a inundaciones por lluvias costeras y temperaturas del mar altas, simultáneamente el Pacífico estaba experimentando vientos alisios débiles. Al mismo tiempo, había lluvias intensas en lo que es conocido como la zona seca del Pacífico y el balancín de la Oscilación del Sur se había invertido.

Aun cuando ninguna componente de la teoría de Bjerknes era completamente nueva, su genialidad fue combinar los elementos hasta lograr una trama coherente, sustentada por un sólido mecanismo físico. Sin disponer de más información para soportar su teoría, en algunos aspectos Bjerknes estaba actuando a tientas en la oscuridad; pero, la información de que se dispone hoy en día ha confirmado totalmente sus fundamentos. Asociando las observaciones de los pescadores peruanos con aquéllas de la India, basadas en Gilbert Walker, Bjerknes combinó la componente oceánica de El Niño con la componente atmosférica de la Oscilación del Sur. Por primera vez, el fenómeno fue representado como un proceso acoplado entre los cambios de la atmósfera y el océano. También se lanzó un nuevo nombre, "El Niño Oscilación del Sur" o, abreviando, ENOS.

Aun cuando Berjknes publicó por primera vez su teoría en 1969, sólo El Niño 1972-73 despertó la lenta reacción internacional. En el mundo normalmente hay desastres climáticos y escasez de recursos alimentarios en diversas partes y en cualquier momento. Normalmente las causas de estos hechos están desconectadas entre sí, pero en 1972 se pudo establecer una ligazón sin precedentes entre los fenómenos que estaban sucediendo en diversos continentes. Kenia, la costa del Golfo de Estados Unidos (desde Texas a Florida), el sur de Brasil y la costa oeste de Sur América sufrieron severas inundaciones, mientras China, Rusia, partes del Medio Este, India, Australia, Etiopía, Sahel (Africa) y América Central experimentaron sequías.

Gran parte de la comunidad científica entendió que los variados y severos desastres causados por El Niño 1972-73 se debían a los eventos físicos que se desarrollaron en las aguas del Pacífico. Sin embargo, la comunidad no se dio cuenta de este hecho. Tuvieron que pasar otros diez años para que la importancia meteorológica de El Niño fuera comprendida fuera del Perú.

A mediados de 1982 se habían hechos considerables avances en los mecanismos que se escondían tras el idiosincrásico reloj de El Niño. Aun cuando no había y aún hoy no hay acuerdo sobre qué lo hacía estallar, eran comprendidos los componentes básicos y había cierta confianza en predecir cuándo volvería a aparecer. A pesar de que el evento 1972-73 no hizo al mundo tomar conciencia de lo que estaba sucediendo, los eventos que acaecieron una década después, en 1982-83, sí lo hicieron. Se rompió una gran cantidad de récords de registros climáticos y las comunidades alrededor del mundo fueron partícipes de uno de los peores desastres naturales de que se tenga memoria.

Hoy se puede afirmar que El Niño y La Niña existen hace miles y quizás millones de años, pues estos fenómenos, que afectan a la atmósfera y a los océanos, son el resultado, entre otros muchos factores, de la rotación de la tierra, de la redistribución de la energía recibida desde el sol y de la disposición de los continentes en relación con los mares, que data desde hace unos 50 millones de años.

Durante el año 2000 se efectuaron dataciones dendrocronológicas (dendro: árbol, cronos: tiempo) de unos 30 fósiles de alerces maduros encontrados en las cercanías de Puerto Montt, los cuales quedaron al descubierto como consecuencia del terremoto del año 1960. Estos fósiles, de 50.000 años de edad, de la especie conífera Fitzroya cupressoides, el segundo árbol más longevo del planeta, son anteriores a la última era glacial. Los antecedentes aportados por el espesor de los anillos anuales de crecimiento de estos árboles indican que la variabilidad del clima en ese entonces era similar a la de hoy.

En Perú los investigadores han encontrado pruebas geológicas de la presencia de efectos de El Niño en las comunidades costeras desde hace 13 mil años, cuando menos. Más recientemente, como prueba de la existencia de El Niño puede mencionarse el poblamiento de la Polinesia y de la Isla de Pascua. Hoy se sabe con certeza, a través de evidencias linguísticas y arqueológicas, que sus pobladores provenían del costado asiático del Pacífico. Por ejemplo, en malayo "aku" significa yo (primera persona singular) y en idioma rapanui "a’aku" significa mío (posesivo primera persona singular).

Los polinesios se desplazaban en primitivas canoas y no contaban con equipos de navegación, pero poblaron todas las islas del Pacífico, que ocupan aproximadamente un tercio de la circunferencia de La Tierra. Este hecho ya intrigó al capitán James Cook (1728-1779). Cuando los europeos conocieron a los polinesios, les llamó la atención sus avanzados conocimientos y comprensión sobre los vientos, las lluvias y el mar. El problema del poblamiento de Oceanía radica en que fue hecho navegando desde el oeste hacia el este, siendo que los vientos y corrientes marinas predominantes son contrarios, pues provienen del sudeste. Experiencias hechas en canoas polinesias han permitido establecer que no se puede navegar a vela con un ángulo mejor que uno de 75° respecto a la dirección del viento. En estas condiciones una canoa debe navegar 3,7 millas para avanzar una en la dirección deseada. Para hacer un viaje de 400 millas, tal como entre Vanuatu y Fiji, en condiciones promedio, con una velocidad de navegación de 6 nudos en contra de los vientos alisios y una milla de corriente marina, una canoa debería cruzar sobre 4.300 millas de océano abierto. Parece improbable que se hubiera podido hacer un viaje así, llevando gente, comida y abastecimientos para empezar una nueva colonia. Pero la verdad es que en los veranos del hemisferio sur los vientos alisios se debilitan y, particularmente al oeste de la línea de cambio de fecha, los vientos son reemplazados por vientos monzónicos del oeste. Sin embargo, estos vientos vienen en rachas, que duran algunos días y sólo permitirían viajar distancias cortas. Por tal motivo, no parece sorprendente que la primera etapa de colonización se halla realizado desde la Melanesia hacia la Polinesia oriental, caracterizada por distancias reducidas entre archipiélagos. Dicha colonización se efectuó en el corto período de unos pocos cientos de años, comenzando en el 1.500 a. C.

La segunda etapa de colonización hacia Polinesia del este comenzó después de una misteriosa pausa de alrededor de un milenio. Los factores climáticos que permitieron la rápida colonización anterior no eran ya de ayuda y las distancias eran mayores, particularmente hacia Hawaii, Nueva Zelanda e Isla de Pascua. Alcanzar las Marquesas, la primera cadena de islas de la Polinesia del Este, necesitó una jornada de a lo menos 1.800 millas. Y si los colonizadores de las Marquesas venían de Fiji, como lo evidencia la cerámica, su jornada debería haber sido superior a 2.200 millas. Similarmente, el poblamiento de Isla de Pascua, que se inició inmediatamente antes de la llegada del siglo IV d. C., probablemente se originó desde las islas Marquesas, lo que significa una jornada de más de 1.900 millas.

Incluso, muy probablemente los polinesios llegaron hasta América y posteriormente, después de un largo período, retornaron a sus islas. Una evidencia de ello es el camote, tubérculo originario de América, que ya era conocido en Polinesia cuando llegaron a ella los europeos. En Polinesia, incluyendo la Isla de Pascua, al camote se le conoce como "kumara", palabra de origen aimará, con la que este pueblo también designa al camote. Además, en Isla de Pascua está el Ahu Vinapu (ahu = monumento funerario, constituido por un zócalo y moais), cuya base está formada por piedras con un tallado que tiene un gran parecido con el de las de la fortaleza de Sac-sahuamán en Cusco, Perú. Otra evidencia podría ser que cuando el conquistador Vasco Núñez de Balboa cruzó Panamá, encontró un grupo de negros, de pelo rizado. Estos hombres eran mantenidos como prisioneros por los aborígenes locales y formaban parte de un grupo mayor que estaba cautivo en las costas del Pacífico. En ese entonces se supuso que estos extraños provenían de Africa, pues los polinesios eran desconocidos y los españoles creían que Colón había llegado a las Indias Orientales, situadas supuestamente cerca de Africa. Hoy se sabe que los nativos encontrados en América difícilmente podrían haber sido africanos, pues Africa no está al otro lado del Océano Pacífico.

La forma en que se colonizó Oceanía no tenía explicación hasta antes de El Niño 1982-83. En ese momento se supo que en eventos muy intensos los vientos del oeste pueden soplar persistentemente hasta alrededor de la Isla de Pascua y extenderse hasta cerca de toda la costa de Sur América. Incluso después, durante El Niño 1986, el arqueólogo Ben Finney, navegando desde Samoa a Hawaii, vía Tahiti, descubrió que aun en eventos moderados los vientos anormales del oeste alcanzan hasta Tahiti o algo más hacia el este. Todos estos hechos lo llevan a uno a preguntarse ¿Pudieron los polinesios sacar provecho de las condiciones extraordinarias de los vientos del oeste, que se producen durante los eventos El Niño, para llevar a cabo sus increíbles jornadas?

En relación con el conocimiento que los primitivos pudieron haber tenido de El Niño, es interesante el caso del pueblo aimará. Hoy se sabe que los aimará, que habitan los Andes bolivianos, peruanos y chilenos, aparentemente desde hace cientos de años predecían los eventos El Niño con propósitos agrícolas. Para saber cuándo plantar la principal cosecha de papas, observaban las Pléyades, un conjunto de estrellas en la constelación de Tauro. Seis de las estrellas son visibles con el ojo desnudo y en conjunto han figurado en forma prominente en los mitos y en los ciclos agrícolas de varias culturas de Sur América. Por varios días, hasta la llegada del festival del solsticio de invierno (San Juan, 24 de junio), los agricultores se levantan una o dos horas antes del amanecer para observar las Pléyades, hacia el noreste, sobre el horizonte. Especial importancia se le da al brillo de las estrellas, tamaño y fecha de su primer ascenso, la combinación de atributos que determina la cantidad de lluvia que se espera unos meses más adelante, en el verano. Cuanto menos visible sean las estrellas, a lo menos así lo dice la teoría aimará, menos lluvia puede esperarse. Debido a que la papa es más susceptible a la sequía cuando está iniciando el desarrollo de sus raíces, en estos casos mientras más tarde se plante, mejor. En las palabras de un cronista precolombino, las Pléyades tienen mucho por revelar. "Si ellas aparecen... ... en su máximo, la gente dice, este año será abundante". Pero, si aparecen de un tamaño pequeño, la gente dice "debemos esperar tiempos difíciles". Es decir, sin saberlo los aimará predecían la ocurrencia de los años El Niño.

Puede haber una base razonable para todo esto. Se sabe que en los años El Niño, la temporada de lluvias tiende a empezar tarde (en el altiplano de Perú, Bolivia y Chile) y produce menos lluvia, particularmente en los importantes meses agrícolas de diciembre y enero. Las temperaturas también tienden a ser cálidas, creando un efecto negativo adicional en el rendimiento de la cosecha de la papa. También se ha establecido que en los El Niño la capa de nubes en la alta atmósfera es sustancialmente más gruesa, con un promedio de 50% de nubes sobre una altitud de 15 kilómetros; efecto que se opone a un 35% durante los eventos La Niña. Se estima que la diferencia es del mismo orden de magnitud que el cambio de visibilidad de las Pléyades.

Pero, al igual que la civilización humana, cuyo desarrollo puede dividirse en aquél sin historia (prehistoria) y el posterior con historia, lo mismo puede señalarse para los eventos El Niño y La Niña. Así como la historia comienza con la invención de la escritura, la datación de diversos episodios El Niño está ligada a la historia o al conocimiento que los humanos han tenido del Océano Pacífico.

Hasta antes del descubrimiento del Océano Pacífico en 1513 por Vasco Núñez de Balboa, quien lo llamó Mar del Sur, la civilización occidental no estaba al tanto de su existencia. No así la civilización oriental, que se desarrolló de cara a los Océanos Pacífico e Índico. Debe recordarse que el primer navegante occidental que navegó, bautizó y cruzó el Pacífico fue el portugués Hernando de Magallanes, que irrumpió a este océano a través del estrecho que hoy lleva su nombre, en diciembre de 1520. En consecuencia, la historia del Océano Pacífico sólo comenzó a escribirse desde la fecha antes señalada. Es decir, el legado que nos dejaron diversos navegantes, piratas, comerciantes, conquistadores y colonizadores que vivieron en los países cuyas costas dan al Pacífico del este, permiten reconstruir parcialmente los eventos más significativos que han afectado a ese océano y a las costas bañadas por él. Por tanto, no es de extrañar que cuando se hace una cronología de los eventos El Niño o La Niña, los primeros episodios que pueden identificarse claramente se sitúan desde 1520 en adelante.

Más adelante se muestra una lista de años El Niño y La Niña. Como puede verse en esa lista, los primeros eventos que hoy se reconocen como El Niño son inmediatamente posteriores al viaje de Hernando de Magallanes. Como los años La Niña corresponden a un fortalecimiento de las "condiciones normales" y no siempre son tan catastróficos, la identificación certera de ellos es más difícil. Por tal motivo, mientras no se cuente con más antecedentes, por el momento sólo es razonable presentar una lista de los años La Niña partiendo desde mediados del Siglo XIX. Aun cuando se pueden reconocer diversos eventos La Niña anteriores, todavía es aventurado hacer una lista en que se incluya la mayoría de dichos eventos.

En general, los ciclos El Niño comienzan alrededor de marzo a junio o más tarde (en el oeste del Pacífico) y decaen aproximadamente después de un año. Como en la zona central de Chile las lluvias se concentran típicamente en los meses de invierno (mayo a septiembre), el efecto de un episodio El Niño puede afectar el primer año, el segundo o ambos. Sin embargo, como la zona de Chile afectada por El Niño es subtropical, la correlación que existe entre estos eventos y las lluvias abundantes no es biunívoca.

La lista de eventos presentada es tentativa. Evidentemente que mientras más se retrocede en el tiempo, hay menos información o ésta es más inexacta. Cuando se revisan textos antiguos, es frecuente encontrar errores en los años en que se indica sucedieron ciertos acontecimientos. Esto es fácil de comprender, pues hace 500 años no había diarios y los documentos escritos que consignaban diversos sucesos eran escasos. La historia que escribieron los historiadores de esa época muchas veces se basaba en el recuerdo que tenían los entrevistados a los que les había tocado vivir los hechos, o bien, en los relatos que le hacía una generación a la siguiente. Por tales motivos, es normal que al contrastar textos de diferentes latitudes en relación con eventos El Niño, ellos no concuerden y, en algunos casos, sean antagónicos. También debe tenerse en cuenta que la intensidad de los eventos El Niño varía de un episodio a otro o afecta a localidades diferentes. Esto se traduce en que debe contrastarse información de diversas latitudes para poder identificar con cierta claridad los eventos que se investigan. Sólo a partir de mediados del Siglo XIX pueden encontrarse los primeros registros barométricos y pluviométricos, que facilitan el análisis científico de los fenómenos en estudio. En Santiago (Quinta Normal) los registros pluviométricos continuos y oficiales se inician en el año 1866. En América del Sur sólo hay dos ciudades en Brasil que tienen registros con una longitud mayor, de aproximadamente 10 años.

Es interesante notar que en los primeros años de la conquista de Chile se desconocía la existencia y extensión de la Corriente de Humboldt. De hecho, los navegantes siempre viajaban con la costa a la vista y, por temor a lo desconocido, no se alejaban de ella más de unas 100 millas náuticas. Como la Capitanía General de Chile dependía administrativamente del virreinato del Perú, con sede en Lima, eran frecuentes los viajes desde el Callao hasta Coquimbo o Valparaíso y viceversa. Debido a la Corriente de Humboldt (del orden de 0,15 m/s) y a la predominancia de los vientos del sur, los viajes por mar tomaban unos 120 días desde Callao a Coquimbo y unos 30 días en el sentido opuesto. Sin embargo en años El Niño estos tiempos se modificaban a alrededor de 80 y 40 días, respectivamente. En años La Niña muy intensos el viaje desde Perú se incrementaba a unos 5 a 6 meses y el retorno podía hacerse en hasta 24 días. El primer navegante que se percató que la corriente marina que se desplaza hacia el norte, llamada posteriormente de Humboldt, es más intensa junto a la costa y se reduce mar adentro, fue Francis Drake. Este corsario desembocó por el estrecho de Magallanes al Océano Pacífico en diciembre de 1578 (año El Niño; los temporales fueron tan intensos, que Drake dijo que más bien el océano debería haberse llamado Furioso). Como los preparativos de su viaje se conocieron con suficiente antelación en el viejo continente y su posible zarpe ya había sido notificado (vía Buenos Aires, Mendoza, Santiago), para evitar ser detectado, el corsario siempre navegó alejado unas 200 a 300 millas de la costa. Esta forma de navegación, desconocida hasta ese entonces, le permitió posteriormente a los navegantes a vela reducir los tiempos de viaje por la costa este del Pacífico.

A continuación se presenta una lista de los posibles eventos El Niño posteriores a 1525 y de los eventos La Niña acaecidos a partir del año 1841.

 

 

AÑOS DE OCURRENCIA DE EL NIÑO O LA NIÑA

 

1525-26 El Niño

1697 El Niño

1827-28 El Niño

1986-87 El Niño

1531-32 El Niño

1701 El Niño

1830 El Niño

1991-95 El Niño

1535 El Niño

1703-04 El Niño

1832-33 El Niño

1997-98 El Niño

1539-40 El Niño

1707-09 El Niño

1835-36 El Niño

 

1544 El Niño

1713-14 El Niño

1837-39 El Niño

 

1546-47 El Niño

1715-16 El Niño

1845-46 El Niño

1844 La Niña

1552-53 El Niño

1718 El Niño

1850 El Niño

1848 La Niña

1558-61 El Niño

1720 El Niño

1852-53 El Niño

1857 La Niña

1565 El Niño

1723 El Niño

1854-55 El Niño

1863 La Niña

1567-68 El Niño

1725 El Niño

1857-59 El Niño

1869 La Niña

1574 El Niño

1728 El Niño

1860 El Niño

1872-74 La Niña

1578-79 El Niño

1731 El Niño

1862 El Niño

1875-76 La Niña

1581-82 El Niño

1734 El Niño

1864 El Niño

1879-80 La Niña

1585 El Niño

1737 El Niño

1865-66 El Niño

1886-87 La Niña

1587-89 El Niño

1744 El Niño

1867-69 El Niño

1889-90 La Niña

1558-61 El Niño

1747-48 El Niño

1877-78 El Niño

1892-93 La Niña

1596 El Niño

1751 El Niño

1880 El Niño

1903-04 La Niña

1600-01 El Niño

1754-55 El Niño

1884 El Niño

1908-11 La Niña

1604 El Niño

1761-62 El Niño

1888-89 El Niño

1916-18 La Niña

1607-08 El Niño

1765-66 El Niño

1891 El Niño

1919 La Niña

1616 El Niño

1768-69 El Niño

1896-97 El Niño

1921 La Niña

1618-19 El Niño

1769-70 El Niño

1899-00 El Niño

1922-23 La Niña

1621 El Niño

1772-73 El Niño

1902-03 El Niño

1924-25 La Niña

1624 El Niño

1776-78 El Niño

1905-06 El Niño

1933-34 La Niña

1630-31 El Niño

1782-84 El Niño

1911-12 El Niño

1938-39 La Niña

1635 El Niño

1785-86 El Niño

1914-15 El Niño

1942-43 La Niña

1640-41 El Niño

1790-93 El Niño

1918-19 El Niño

1945-46 La Niña

1647 El Niño

1794-97 El Niño

1925-26 El Niño

1949-50 La Niña

1650 El Niño

1799 El Niño

1930-31 El Niño

1954-56 La Niña

1652 El Niño

1802-04 El Niño

1939-41 El Niño

1964 La Niña

1655 El Niño

1806-07 El Niño

1953 El Niño

1967-68 La Niña

1661 El Niño

1810 El Niño

1957-58 El Niño

1970-71 La Niña

1671 El Niño

1812 El Niño

1963 El Niño

1973-76 La Niña

1681 El Niño

1814 El Niño

1965-66 El Niño

1983-85 La Niña

1683-84 El Niño

1817 El Niño

1968-69 El Niño

1988-89 La Niña

1687-88 El Niño

1819 El Niño

1972-73 El Niño

1995-96 La Niña

1692 El Niño

1821 El Niño

1976-77 El Niño

1998-01 La Niña

1694-95 El Niño

1824-25 El Niño

1982-83 El Niño

 

GESTACIÓN DE LOS EL NIÑO Y LA NIÑA.

El 10 de septiembre de 1982 el navío de investigación Conrad zarpó de Hawaii con personal del Laboratorio Marítimo de la Universidad de Duke. Su misión era estudiar los nutrientes y la vida planctónica (seres microscópicos: fitoplancton y zooplancton) del Océano Pacífico mientras prevalecían las corrientes ecuatoriales normales. Por supuesto, ello obedecía al hecho de que era bien sabido que el año 1982 definitivamente no sería un año El Niño. Todos los indicadores, tales como las temperaturas superficiales del mar, mostraban situaciones normales. Más aún, si un El Niño se hubiese estado gestando, éste debería haber mostrado su cara hace ya varios meses.

Fue el cocinero del barco quien primero notó algo extraño. Normalmente la comida de la cena era pescada fácilmente, simplemente arrojando una línea por la borda. Pero, cuando el Conrad alcanzó el Ecuador, los cocineros no conseguían nada. Incrementando la frustración, una de las máquinas del barco se descompuso. La tripulación creyó que derivarían hacia el oeste, con el consiguiente atraso respecto a las fechas programadas. Sólo cuando verificaron su posición se dieron cuenta que estaban avanzando en la dirección opuesta y estaban yendo hacia Perú.

La tripulación del Conrad no estaba sola en su ignorancia de que un El Niño estaba en camino desde hacía varias semanas. En muchos aspectos El Niño 1982-83 no calzaba con el perfil clásico de un El Niño. Su desarrollo en el año comenzó más tarde de lo normal, y los cambios primero aparecieron en el oeste del Pacífico, antes que en el este. Y, para añadir más confusión, material particulado en la atmósfera, de la erupción del volcán mexicano El Chichón, ocurrida siete meses antes, estaba enmascarando los cambios de la temperatura superficial del mar. En consecuencia, aun cuando el Pacífico estaba dando algunas señales de que cambios masivos estaban ocurriendo mientras el Conrad navegaba, poca gente fue o era capaz de interpretarlos correctamente.

Incluso, en una fecha tan tardía como octubre de 1982, uno de los más reconocidos "Niñologistas", Klaus Wyrtki, en una conferencia dijo categóricamente que no había un El Niño en ese momento y que tampoco habría uno el año siguiente. Wyrtki basaba su afirmación en la no aparición de aguas anormalmente calientes en las costas peruanas, consideradas por muchos científicos a comienzos de la década de los 80 como uno de los indicadores claves del inicio de un El Niño. Sin embargo, unos pocos, tal como el meteorólogo australiano Neville Nicholls, percibió la importancia de un súbito cambio, a mitad de año, de la Oscilación del Sur. Nicholls estaba tan convencido de que otro El Niño estaba llegando, trayendo meses de sequía para Melbourne que, contrariamente a las instrucciones de su señora, había pospuesto la idea de plantar un nuevo jardín en la casa que recientemente había adquirido.

El error de Wyrtki fue suponer que el próximo El Niño evolucionaría y se comportaría como los eventos previos. Esta suposición era común entre los científicos de la época que trataban de entender el fenómeno. Pero, hay una regla de oro que surgió desde entonces en relación con el comportamiento de El Niño; ella es que no hay dos eventos iguales. A pesar de la habilidad de El Niño para sorprender y confundir a los científicos con cada nueva aparición, se han hecho avances enormes en las últimas tres décadas en el entendimiento de los procesos físicos básicos que están tras él. Una explicación de tales procesos requiere primero un repaso general del clima global.

A primera vista, si se observa un mapa de las corrientes y vientos del mundo, puede tenerse la impresión de una maraña de flechas arqueadas que se entremezclan. Sin embargo, bajo este aparente caos hay un proceso fundamental que rige el clima de la tierra – el movimiento de calor desde los trópicos hacia los polos. En realidad los polos no están más lejos del sol que los trópicos pero, debido al ángulo oblicuo con que les llegan los rayos del sol y debido a la refracción de la nieve y del hielo, la cantidad de calor que obtienen desde el sol es considerablemente menos. En consecuencia, los océanos y la atmósfera están en constante movimiento, redistribuyendo la energía desbalanceada.

El primer paso de esta redistribución de energía se refiere al aire caliente y húmedo que se eleva desde las proximidades del ecuador y luego se mueve por la alta atmósfera hacia los polos, antes de descender como aire frío y seco alrededor de 25 a 30° de latitud en ambos costados del ecuador (célula ecuatorial). No es coincidencia que muchos de los mayores desiertos del mundo se sitúen alrededor de estas latitudes. En la superficie de la tierra los vientos retornan al ecuador, empujados por una gradiente entre la alta presión, creada, por una parte, por la subsidiencia del aire frío y seco, y por la otra, por la baja presión originada por el ascenso del aire caliente y menos denso. Este ciclo convectivo simple es conocido como la Célula de Hadley. Cada hemisferio tiene tres cinturones de células convectivas y la circulación en el seno de cada uno de los cinturones es mayor que entre ellos. Además, el intercambio de aire entre los hemisferios norte y sur es un proceso bastante lento.

Si la tierra no rotara y estuviese totalmente cubierta por agua, los vientos soplarían principalmente en el sentido norte-sur, con un patrón uniforme en todo el globo. Por consiguiente, la rotación de la tierra y los continentes complican considerablemente las cosas. Los continentes crean sistemas de vientos locales. Por otra parte, el aire que se eleva y se aleja del ecuador lleva consigo una "memoria" de la velocidad de rotación de la tierra, a partir de la cual inició su recorrido (fuerza de coriolis). Debido a que en el ecuador la tierra está girando desde el oeste hacia el este a mayores velocidades que en las latitudes más altas, los vientos con "memoria tropical" en altura se inclinan hacia el este, hasta llegar a transformarse en oestes. Por consiguiente, el movimiento general de los sistemas que condicionan el clima en latitudes medias, como las de Santiago, es del oeste al este. Similarmente, los vientos de superficie que viajan hacia el ecuador llevan una "memoria" de las bajas velocidades que existen en sus orígenes, en las latitudes medias, y son tomados por las mayores velocidades de la rotación de la tierra que existen en las inmediaciones del ecuador. De esta forma, en vez de soplar el viento en ángulo recto hacia el ecuador, éste viaja diagonalmente hacia el oeste. Estos son los vientos alisios ("trade winds" o "del comercio", si se traduce literalmente su nombre en inglés), llamados así porque los españoles los usaban en sus viajes desde España hacia las colonias americanas (Océano Atlántico) o desde éstas hacia las islas de las especias (por el Océano Pacífico hacia el sudeste asiático). En el Pacífico Ecuatorial estos vientos soplan normalmente desde las Islas Galápagos hasta Indonesia. El circuito circular gigante que describen los vientos alisios, que se mueven de este a oeste en bajas altitudes y de oeste a este en la capa superior del aire, se denomina circulación Walker, en honor de sir Gilbert Walker.

En el hemisferio norte, los alisios soplan como norestes, mientras que en el sur lo hacen como surestes. Los dos sistemas de vientos alisios se encuentran en las zonas de convergencia intertropical. Cada una de estas zonas migra hacia el norte y el sur de acuerdo a las estaciones, y su movimiento regula el desarrollo de los monzones anuales. El vapor de agua, que es almacenado en la atmósfera gracias a la energía del sol, es transportado por los alisios hacia las zonas de convergencia intertropical, acumulándolo en vastas nubes del tipo cumulus-nimbus, que se extienden hasta alturas de 15 kilómetros sobre la superficie terrestre. Gran parte de su energía latente se convierte en vientos de la alta atmósfera de la Célula de Hadley, que al enfriarse sueltan grandes cantidades de lluvia y convierten a esas zonas en las regiones más húmedas del planeta. Aproximadamente un 40 por ciento del total de las precipitaciones de la tierra está asociada a una faja definida por más menos quince grados en torno al ecuador y gran parte de ella cae en las tres principales zonas de convergencia, centradas en el Amazonas, el Congo y el oeste del Pacífico (Australia-sudeste asiático).

El efecto del continuo barrido hacia el oeste que ejercen los vientos alisios sobre los océanos tropicales, se traduce en un arrastre del agua calentada por el sol hacia el borde occidental del Pacífico. Como consecuencia de ello, se generan diversas e importantes diferencias entre el oeste y el este. Para comenzar, el agua oceánica en el oeste es más caliente que en el este y los niveles del mar también son mayores. De hecho, el nivel del mar es ligeramente mayor en la costa este de Panamá (Pacífico) que en la oeste (Atlántico). Y, debido a que la temperatura del agua superficial se transmite hacia la atmósfera que está en contacto con ella, se crean diferencias de presión atmosférica. En el este (costa del Pacífico de América, entre ellas el territorio chileno), se forman zonas de alta presión sobre las bandas de agua fría. Sobre estas zonas de agua fría el aire es también muy frío y denso y su peso le impide elevarse y condensarse para formar nubes de lluvia. En el entretanto, en el oeste se forman zonas de baja presión sobre las pozas de agua caliente, donde el aire húmedo se calienta, se expande y asciende, eventualmente enfriándose y condensándose en nubes de lluvia en la alta atmósfera. Y el gradiente de presión entre las dos zonas antes descritas lleva a los vientos alisios desde las zonas de alta presión del este a las bajas del oeste.

Bajo la superficie del océano también hay disparidades entre el este y el oeste. La termoclina, aquel delgado límite entre las aguas calientes de superficie y las aguas frías y densas más profundas, también es afectada. Debido al gran volumen de agua caliente que es arrastrado hacia el oeste, la termoclina se inclina, bajando hacia el oeste. Como resultado de ello, se produce un afloramiento o surgencia de aguas frías en la costa este de las hoyas de los tres grandes océanos. Aquí, el arrastre ejercido por los vientos alisios y las corrientes asociadas, barre las aguas calientes superficiales desde las costas, alejándolas de ellas, permitiendo así que las aguas frías ocupen su lugar. Dado que en esta zona la termoclina es poco profunda, el agua fría logra llegar a la superficie. Esto tiene gran importancia para la economía de los países cercanos a estos afloramientos, pues una gran cantidad de nutrientes son acarreados a la superficie. La cadena alimentaria que soporta a las cinco mayores surgencias a nivel mundial – norte de Chile y Perú, California, Namibia, Mauritania y el Cuerno de África – hace de estas aguas las de mayor productividad pesquera en el mundo.

La visión general de la atmósfera y los océanos, es la de un ciclo auto sustentable. Cada componente está ligado a otro. La distribución de las aguas frías y calientes determina las diferencias de presiones y, por ende, los vientos. A su vez, los vientos influencian la inclinación de la termoclina y el monto de las surgencias. Éstas refuerzan las temperaturas y los gradientes de presión y así sucesivamente. El resultado de este ciclo es la perpetuidad de las disparidades entre el este y el oeste.

Comprensiblemente el caso más extremo de este dipolo este-oeste puede encontrarse en el mayor de todos los océanos, el Pacífico. Comparando las condiciones en el lado este, donde la delgada lengua de agua fría surgente se extiende aproximadamente hasta la línea de cambio de fecha, la "poza cálida" en el oeste, centrada en términos generales entre el norte de Nueva Guinea y el este de las Filipinas, se mantiene a temperaturas de 30 a 32°C, unos 7 a 10°C más caliente que en el este ecuatorial y con su superficie más alta en unos 50 centímetros. Adicionalmente, la termoclina en el costado oeste puede deprimirse hasta un máximo de 200 metros cerca de Nueva Guinea, mientras que al este, en la costa de Sur América, puede ser tan delgada como unos pocos metros e incluso, en ciertos lugares, puede alcanzar la superficie del agua.

La situación descrita del Pacífico puede considerarse la condición "normal". Sin embargo, sería engañoso pensar que el Pacífico es estable. En los trópicos, la superficie del océano y de la atmósfera están en permanente diálogo, con el estado de uno influenciando constantemente el estado del otro. Los vientos cambian la temperatura de la superficie del mar, que influye sobre el patrón de las lluvias y los vientos. Pero la información que se intercambia entre los dos medios no se comunica a la misma velocidad. Mientras los océanos contienen enormes cantidad de calor, también tienen una gran inercia. Los cambios en los océanos son lentos y están en una permanente búsqueda de un estado de equilibrio con la atmósfera. El Pacífico tropical, tal como todos los otros océanos tropicales, no está nunca en equilibrio. En algunas circunstancias el equilibrio se tornará muy sensible a las perturbaciones. Esto es más probable que ocurra alrededor de marzo y abril, cuando los vientos alisios están más debilitados. También puede producirse una intensificación de las diferencias usuales entre el este y el oeste, tanto en la presión atmosférica como en las temperaturas a nivel superficial. En esas ocasiones, aún la más tenue perturbación o cosquilleo a las papilas olfativas del Pacífico, puede generar el más violento de los estornudos.

Nadie sabe con certeza qué inicia un evento El Niño. En diversas ocasiones los dedos han apuntado a cambios en el Océano Indico, la cubierta de nieve en Asia y aún, al casquete polar de la Antártica. Otras teorías han sugerido que el percutor es la actividad sísmica, tratando de enlazar la aparente correlación entre ciertas erupciones volcánicas submarinas (asociadas a penachos surgentes del magma caliente) y el comienzo de eventos El Niño. Mientras estos percutores, que se sitúan lejos del Pacífico tropical, pueden tener el potencial de modificar los El Niño, la mayoría de los científicos cree ahora que los reales culpables se esconden más cerca de casa, en un anonimato casi total.

Por ejemplo, el instigador podría ser un pulso inusual de temperaturas en la superficie del mar. Podría ser el paso de una onda subsuperficial, aún reverberando del último evento El Niño. Podría ser una súbita irrupción de los vientos occidentales, que interrumpen los vientos alisios de vez en cuando, antes de desaparecer misteriosamente. Fue un cambio meteorológico de este tipo el que ocurrió en el Pacífico occidental el que encendió el estallido de El Niño de los años 1997-8. Y el mismo fenómeno milagroso sacó a sir Francis Drake de un arrecife en Sulawesi (islas Célebes, al norte de Indonesia), hacia donde los vientos alisios lo habían empujado en enero de 1580, amenazándolo con hacer zozobrar el barco, su tripulación y el cargamento de especias.

La naturaleza del fenómeno que gatilla el proceso no es el factor más importante. Podría variar con cada evento u ocurrir en un lugar diferente. Asimismo, el orden más usual podría ser invertido con una La Niña precediendo a un El Niño. De hecho, muchas pequeñas anomalías tienen el potencial de iniciar una cadena de reacciones.

Cualquiera sea el percutor, se establece un ciclo retroalimentado entre el océano y la atmósfera. En el caso de una irrupción anómala de los vientos del oeste, dicho suceso inicia un cambio en las corrientes locales, que mueven a la poza cálida un poco hacia el este. Esto causa una pequeña relajación de los vientos alisios, lo que permite que una mayor porción del agua de la poza cálida se desplace hacia el este. El ángulo de la termoclina se aplana, y menos agua fría surge en el este. Esto hace decrecer la diferencia de temperaturas en el mar entre el este y el oeste y, similarmente reduce el gradiente de presiones. Como un luchador de sumo que es sorprendido fuera de balance y es empujado al borde del doyo, la interrelación entre la atmósfera y el océano puede forzar a la poza cálida a moverse a través de todo el ecuador, hasta el borde este del Pacífico.

En la culminación de un El Niño, la visión general del Pacífico es muy diferente de la normal. La termoclina se ha aplanado considerablemente. De esta forma, el agua fría y profunda, normalmente cercana a la superficie en la costa oeste de Sur América, se sitúa unos 30 metros por debajo de lo usual. Los niveles del mar en ambos bordes del océano son comparables. Y, la diferencia de presión entre este y oeste ha desaparecido y, a veces, se ha revertido. Este brusco cambio atmosférico, que se puede asociar al de un juego infantil, como el de un balancín, fue notado por primera vez por Gilbert Walker, quien acuñó el término Oscilación del Sur. Dado que la diferencia de presión es la que impulsa los vientos, los alisios desaparecen y son reemplazados por vientos provenientes del oeste, que pueden soplar hasta llegar a las Américas. La zona de nubosidad y alta precipitación, que normalmente caracteriza el oeste del Pacífico (sureste asiático y Australia), se ubica ahora alrededor del Pacífico ecuatorial y, en el entorno de Australia, las anormalmente altas presiones atmosféricas traen condiciones más secas y calurosas. Los cielos despejados, característicos de las altas presiones que normalmente se sitúan frente a América, ahora son reemplazados por nubes de lluvia, que se originan cuando el agua caliente hace subir la temperatura del aire sobre ella.

La altura de la superficie del mar en el oeste del Pacífico se reduce y en el este aumenta, hasta en unos 30 cm en los eventos El Niño intensos. El descenso en el nivel del Pacífico oeste deja expuesto y destruye las frágiles capas superiores de los arrecifes de coral que rodean muchas de las islas de la región. Los cambios en la superficie oceánica son reforzados por otros dos procesos muy importantes, relacionados entre sí, que afectan a decenas de metros bajo ella. El primero es la incitación a la producción de una serie de ondas masivas "gravitacionales", llamadas ondas de Kelvin, que viajan hacia el este a través de la franja ecuatorial, a algunas decenas de metros bajo la superficie. Su efecto es el de mandar "paquetes" de agua caliente hacia la costa Sur Americana, lo que deprime más aún la termoclina en el este. El segundo, que se gesta como consecuencia de las ondas de Kelvin, es la generación de una serie de otro tipo de ondas de subsuperficie, denominadas ondas de Rossby. Ellas tienen el efecto opuesto a las ondas de Kelvin, y avanzan hacia el oeste trayendo la termoclina hacia la superficie del mar.

En los eventos El Niño débiles, la temperatura superficial del mar en las costas de Ecuador sube 1 a 2°C. Sin embargo, en el intenso El Niño 1982-83, la temperatura superficial del mar en la costa de Ecuador subió de su nivel normal, de alrededor de 22°C, hasta cerca de los 30°C. Los cambios de temperatura en el océano traen drásticas modificaciones en las cadenas tróficas. La disminución del volumen de aguas surgentes, con el consiguiente deterioro de los aportes de nutrientes microscópicos, produce la reducción del fito y zooplancton, con la consecuente migración de los peces y, también, de las aves y animales que se alimentan de ellos. Estos procesos son traumáticos y se traducen en una gran mortandad de peces, aves, focas y lobos marinos. Muchas veces los animales abandonan sus crías, en un desesperado intento de búsqueda de alimento. En las costas americanas aparecen peces o especies característicos de aguas tropicales o subtropicales. Con El Niño 1982-83, la industria en el Perú sufrió un fuerte golpe con la desaparición de la anchoveta, que constituye la materia prima para la producción de harina de pescado, y la inesperada migración de las sardinas hacia el sur, hacia aguas chilenas. Sin embargo, los ostiones de aguas cálidas hicieron su aparición en grandes cantidades en la costa sur del Perú (Pisco) y fueron motivo de capturas extraordinarias.

Las ondas de Kelvin viajan alrededor de 100 kilómetros por día y, dependiendo de dónde se originaron, les toma dos a tres meses alcanzar las costas de América del Sur. Una vez allí, ellas son parcialmente reflejadas por la costa, hacia el norte y hacia el sur, contribuyendo enormemente a la distribución del calor hacia latitudes medias. En el caso de Chile, las aguas cálidas de El Niño normalmente alcanzan hasta Valparaíso y, en situaciones extremas, hasta Talcahuano. Parte de las ondas de Kelvin son reflejadas también hacia el oeste, a través del Pacífico, como ondas de Rossby. Las ondas de Rossby viajan a cerca de un tercio de velocidad, tomándoles de seis a doce meses alcanzar las costas del oeste del Pacífico. De aquí ellas son reflejadas hacia el este como ondas Kelvin, pero esta vez como ondas de amplitud opuesta a las series iniciales. Pero, las instrucciones encriptadas del ocaso de un El Niño pueden estar ocultas en las ondas Rossby. De acuerdo a las teorías más vastamente aceptadas sobre el mecanismo de decaimiento de un El Niño, estas ondas Kelvin reflejadas proveen la retroalimentación necesaria para dar término a un evento. De hecho, se piensa que el lapso que le toma a estas ondas submarinas el recorrer el ancho de la hoya del Pacífico y retornar, es lo que determina la duración de casi un año o algo más de un típico evento El Niño.

La señal de detención de los procesos físicos que mantienen la fase El Niño comienza un nuevo ciclo de retroalimentación, esta vez en la dirección opuesta. Los vientos alisios, que soplan desde el este, se intensifican y las aguas cálidas son empujadas más hacia el oeste, permitiendo una vez más el acrecentamiento de la diferencia de presiones entre el este y el oeste, lo que aumenta la fortaleza de los alisios. La ahora vacía poza cálida del oeste del Pacífico, comienza a acumular calor nuevamente. Después de la mayoría, pero de ninguna manera de todos los El Niño, este sistema de retroalimentación se sobrerevoluciona, gestando la fase La Niña, que constituye el otro extremo del ciclo. Cuando esto sucede, todos los indicadores normales el Pacífico se exageran. Los alisios se intensifican, la baja presión reinante sobre Australia trae lluvias intensas sobre la región, y la mayor inclinación de la superficie de la termoclina se traduce en una surgencia más vigorosa de aguas frías en las costas chilenas y peruanas.

En su clímax, la poza caliente puede abarcar un tercio de la circunferencia ecuatorial, cubriendo un área de una superficie igual a una y media veces el tamaño de Estados Unidos. La gran evaporación y, por ende, la energía latente adicional, debida a la distribución del agua caliente de la poza cálida durante un evento El Niño sobre una superficie muy superior a la normal, puede hacer subir la temperatura del globo en alrededor de 0,3°C. De hecho, las fases El Niño son normalmente denominadas por los científicos como "eventos cálidos" y las de La Niña como "eventos fríos". Una teoría sugiere que los eventos El Niño sirven como una válvula de escape del calor que se ha ido acumulando en la poza cálida, mientras que los eventos La Niña actúan recargándola. De acuerdo a un cálculo basado en la cantidad de calor liberado entre abril 1997 y agosto 1998 desde el agua situada sobre la termoclina, la cantidad de calor perdida desde el Pacífico ecuatorial durante dicho El Niño fue equivalente al trabajo de 900.000 bombas de 20 megatones (7,5x1022 joules » 2,1x1013 GWh). Similarmente, la cantidad de calor que se acumuló en la poza cálida entre septiembre 1995 y abril 1997, correspondiente al evento La Niña 1995-6, fue equivalente a la energía de 450.000 bombas similares a la indicada (3,8x1022 joules » 1,1x1019 GWh).

Un cambio tan profundo de la distribución del calor del globo terráqueo es suficiente para alterar su rotación. La relajación o la inversión de los vientos alisios causa una disminución del arrastre ejercido por la atmósfera sobre las montañas y la superficie terrestre, permitiendo que la atmósfera gire más rápidamente en la dirección del movimiento de rotación de la tierra. Para conservar el momentum angular (I w 2 = producto entre el momento de inercia de la tierra y el cuadrado de su velocidad angular), debido a que la atmósfera incrementa la masa rotante de la tierra, ésta disminuye su velocidad de rotación en 0,8 milisegundos por día.

En vista de este vasto cambio geográfico en uno de los principales motores climáticos de la tierra, y las interconexiones entre todos los ciclos oceánicos y atmosféricos, se entiende que las reverberaciones pueden repercutir en todo el globo. Pero, las repercusiones de los impactos climáticos generadas por cada El Niño, o teleconexiones como son normalmente llamadas, pueden variar enormemente entre diferentes eventos. Hay muchos factores que influencian o modifican los impactos en una región en particular. Éstos incluyen la variación de la temperatura superficial del mar en el Pacífico, las condiciones climáticas precedentes y el desarrollo de El Niño en relación con el ciclo anual y regional de las condiciones meteorológicas de una determinada localidad.

Dar una descripción general de los típicos impactos de El Niño está plagada de peligros y, por lo tanto, requiere de cierta calificación. En primer lugar, la presencia de actividad del tipo El Niño en el Pacífico, solamente afecta la probabilidad de ciertas condiciones meteorológicas y de ninguna manera garantiza que ellas vayan a ocurrir. En segundo término, la mención de un impacto en particular en el clima de un determinado lugar, no significa que tales impactos continuarán durante todo el desarrollo de las condiciones de El Niño en el Pacífico. Deben discernirse algunos impactos que son atribuibles a una parte del ciclo climático y usualmente sólo son significativos por su influencia en la temporada lluviosa de la región. En tercer lugar, se debe ser precavido al atribuir determinadas causas o efectos del clima anormal al evento El Niño, particularmente en las latitudes medias a altas (en Chile, de Santiago a Talcahuano). Después de todo, un comportamiento severo del clima es un fenómeno natural y la ocurrencia de condiciones climáticas extremas, aun durante un El Niño, pueden ser más una coincidencia que una consecuencia. Sin embargo, hay muchas regiones que reciben una señal relativamente consistente, en las cuales la variación de la precipitación se amplifica entre un tercio y la mitad o más que en áreas con una señal más débil o inconsistente.

Debido a que el fenómeno es esencialmente tropical, las respuestas más consistentes y pronunciadas a un evento El Niño pueden encontrarse en las áreas de las cuencas oceánicas situadas cerca del Ecuador (por ejemplo, costas del norte del Perú y Ecuador). De hecho, en la mayor parte del trópico las variaciones anuales de la precipitación se justifican por la presencia de El Niño. La mayor parte de las anomalías en la región del Pacífico pueden ser atribuidas al efecto directo de los cambios en la temperatura superficial del mar, mientras que en las regiones Índicas y Atlánticas, ellas resultan de los cambios en la circulación atmosférica tropical. Como consecuencia, las mayores zonas convectivas cambian de sus ubicaciones usuales en el sector ecuatorial de Australasia, África y Amazonía, al Pacífico ecuatorial central, sector centro-oeste del Océano Índico, la costa Atlántica de África y la noroeste de Sur América.

Por otra parte, los efectos en las latitudes medias y altas son generalmente mucho más variables. La naturaleza de la señal del Pacífico tropical hacia latitudes más altas varía de evento a evento. Ello como respuesta a la posición exacta de la recientemente localizada zona de convergencia y a la cadencia de los procesos físicos asociados al ciclo anual. Y, aun cuando El Niño puede explicar una parte sustancial de la variabilidad de las precipitaciones en las latitudes más altas, la señal de El Niño puede ser encubierta por otras fuentes naturales de variabilidad.

Uno de los mecanismos más importantes utilizados para transmitir los masivos cambios que ocurren en el Pacífico ecuatorial hacia latitudes más altas es a través de los efectos que tales modificaciones tienen en las corrientes en chorro. Éstas son bandas caracterizadas por vientos de alta velocidad, provenientes del oeste, que circundan la tierra en la alta atmósfera de ambos hemisferios. Las corrientes en chorro son muy importantes para el clima en las latitudes más elevadas, debido a su influencia en la ubicación de los sistemas predominantes de altas y bajas presiones y a su capacidad de ejercer cambios sobre la dirección en que se mueven los frentes de mal tiempo. Por ejemplo, durante un El Niño la rama sur de la corriente en chorro del Pacífico Norte se vigoriza y es arrastrada hacia el sur, lo que orienta las tormentas de invierno de América del Norte hacia la costa alrededor de California, que se sitúa mucho más al sur de la zona en que normalmente impacta el continente, en el borde canadiense. Algo similar sucede en Chile, en donde los frentes de mal tiempo que normalmente afectan de la Octava Región al sur, durante un El Niño son desviados más hacia el norte, hacia la zona central del país o, incluso, hasta la Tercera y Cuarta Regiones (años del Desierto Florido).

Típicamente durante los El Niño, las precipitaciones se reducen drásticamente sobre gran parte de los territorios de Indonesia; Filipinas; norte y este de Australia; las islas pobladas del Pacífico; la Isla Norte de Nueva Zelanda; India; sur de África; las tierras altas de Etiopía; Ghana; Nigeria; África Saheliana (sur del Sahara); gran parte de América Central, extendiéndose hasta México central, Colombia y la parte norte de Sur América; el Caribe; noreste de Brasil; y el altiplano de Perú y Bolivia. La mayoría de las sequías en estas regiones han ocurrido durante eventos El Niño. El Sahel recibe una señal moderadamente fuerte de El Niño, pero también es afectado marcadamente por fluctuaciones de larga duración. Por otra parte, lluvias intensas y el aumento de la probabilidad de sufrir inundaciones se experimentan en el centro y sur de Estados Unidos; el norte de México; la costa de Perú y Ecuador; Chile central; sureste y norte de Argentina; Paraguay; Uruguay y sur de Brasil; las islas del centro y del este del Pacífico central, tales como las Galápagos y Nauru; Isla Sur de Nueva Zelanda; el extremo sur de India y Sri Lanka; China central hasta el sur del Japón; Vietnam; el sector oeste del extremo sur de África; Kenia; Tanzania; Uganda; y la mayor parte de Europa occidental. Hay muchas otras regiones, tales como California central y Europa del norte, que experimentan impactos significativos, aun cuando la naturaleza de las anomalías es relativamente inconsistente.

Las consecuencias de las fluctuaciones de las precipitaciones han sido notadas en la correlación entre los eventos El Niño y algunos fenómenos naturales. Estos incluyen el caudal de muchos de los mayores ríos del mundo, tales como el Nilo, Amazonas, Senegal, Paraná, Yangtze, Orange (África meridional), Krishna (centro sur de India), Murray-Darling (sur de Australia) y los niveles de numerosos lagos, incluyendo el Eyre (centro de Australia), Great Salt, Chad (centro de África) y los Grandes Lagos Laurentianos (Quebec canadiense). La frecuencia de los incendios forestales en Florida, Indonesia, sureste de Australia y Europa oriental también se correlacionan con eventos El Niño.

Las fluctuaciones de temperatura generalmente no impactan a las sociedades humanas del mismo modo que las variaciones en las lluvias, pero pueden tener efectos significativos. Durante eventos El Niño se pueden encontrar condiciones más cálidas que las promedio en la parte norte de Sur América, el Caribe, el noreste de Estados Unidos, el este y el noroeste de Canadá, el sur de Alaska, Japón, sureste de Australia, India, sureste de Asia, el sur de África y Madagascar. Temperaturas más bajas que las normales ocurren principalmente en los estados del Golfo de Estados Unidos y en la región central y suroeste del Pacífico. En las tierras altas de Nueva Guinea, las bajas temperaturas asociadas a El Niño traen aparejadas heladas más intensas.

En Estados Unidos los cambios en los patrones de temperatura también tienen una importante influencia en la actividad de los tornados. El movimiento hacia el sur de la corriente en chorro subtropical, asociada a los El Niño, reduce la diferencia de temperatura entre la costa del Golfo y las Grandes Planicies, reduciendo consecuentemente la probabilidad de creación de tornados. Como resultado, los eventos El Niño tienden a coincidir con tornados más débiles y de menor duración, que producen menos daño que el normal.

En general, el patrón de La Niña es el inverso de aquél de los El Niño. Condiciones húmedas o de inundación se experimentan predominantemente en los continentes que rodean los océanos Pacífico e Índico – en particular, Australasia, norte de China, India, sur de África y partes del noreste de Sur América. Condiciones secas o de sequía tienden a ocurrir más comúnmente en los estados del Golfo de Estados Unidos, el sureste de Argentina, Chile central, el este de África y gran parte de Europa occidental.

Usualmente se experimentan temperaturas más frías en el norte de Sur América, el Caribe, Alaska y noroeste de Canadá, Japón, sureste de Asia, India, sur de África, África Saheliana y noroeste, y el oeste de Europa. El noreste de Australia y el centro y suroeste del Pacífico tienden a experimentar temperaturas cálidas.

Durante los episodios La Niña se produce un cambio de dirección de las corrientes en chorro subtropicales, dirigiéndose hacia los polos. En Estados Unidos este fenómeno aumenta la probabilidad de tener tornados más fuertes y frecuentes en las áreas predispuestas a ellos, particularmente en los valles de los ríos Ohio y Tennessee, con la excepción de la península de Florida.

Uno de los impactos más dramáticos de los eventos La Niña y El Niño sobre la población humana es el desorden que se produce de las zonas generadoras de tormentas tropicales. Sin embargo, se debe hacer notar que dado que El Niño y La Niña afectan la probabilidad de formación de tormentas, es imposible culpar a uno de estos eventos por la ocurrencia de una tormenta específica.

Durante La Niña, las células de alta presión en el Atlántico subtropical tienden a debilitarse y a desplazarse alejándose de Norte y Sur América, lo que genera aguas más calientes que las normales. Este efecto extiende la temporada de huracanes. La frecuencia de ocurrencia de huracanes durante La Niña es aproximadamente el doble de la de años normales. La coincidencia de años con huracanes mayores y La Niña se extiende hacia el pasado hasta cuando La Niña ha podido ser datada. Por ejemplo, el año 1780, conocido en las fuentes históricas como "El Año de Los Grandes Huracanes", ha sido catalogado como La Niña. Durante ese año, ocho tormentas tropicales mayores azotaron el Caribe, siendo uno de ellas el huracán que ha causado el mayor número de muertes, contabilizándose sobre 25.000 personas en Jamaica, Martinica y San Eustaquio. A fines de la temporada de huracanes de 1780, las fuerzas navales británica, española y francesa, que estaban en el Caribe, habían sufrido serios daños.

Las Niñas también aumentan las probabilidades de que los huracanes se muevan fuera de sus rutas normales, con muchos de ellos extendiéndose hacia América Central y más hacia el norte, hasta Estados Unidos. Cuatro de los últimos cinco mayores huracanes que impactaron Nicaragua, ocurrieron durante La Niña. Similarmente, veintidós de los sesenta y seis mayores huracanes que azotaron Estados Unidos en el último siglo, coincidieron con La Niña, comparados con sólo cinco durante El Niño. Más aún, durante un día en particular de la temporada de huracanes de 1998, período en el cual las condiciones de La Niña estaban imperando en el Pacífico, no menos de cuatro huracanes independientes atacaron furiosamente en forma simultánea. El encontrón de los huracanes Karl, Iván, Jeanne y Georges marcó un récord para el siglo, llegando a ser el mayor número de huracanes que ocurrían al mismo tiempo en el Atlántico. El cuarteto fue seguido, tan sólo tres semanas después, por la llegada del huracán Mitch, que fue la tormenta Atlántica más mortífera del Siglo XX.

En el otro extremo, los El Niño tienen el efecto opuesto en los huracanes del Atlántico. El asociado incremento de aguas frías, así como el movimiento hacia el sur de las corrientes en chorro, que actúan recortando la parte alta de las tormentas en desarrollo, reducen la frecuencia promedio de los huracanes del Atlántico a la mitad. Aun así, la existencia de un El Niño de ninguna manera evita la formación de poderosos huracanes, tal como lo ilustra el huracán Andrew del año 1992, que en términos financieros fue el huracán más costoso jamás ocurrido.

Los El Niño también afectan la actividad de las tormentas tropicales en el Pacífico. En el noreste, no se producen cambios en la frecuencia de generación de tormentas tropicales, pero ellas tienden a producirse al oeste de la longitud 120°W. Por ejemplo, se ha calculado que la posibilidad de las tormentas tropicales impacten sobre Hawaii es tres veces mayor en los El Niño que en las La Niña. El corolario es que en los años La Niña, los huracanes tienden a originarse y permanecer cercanos a la costa de México.

En el Pacífico suroeste, durante los El Niño, las rutas de los ciclones tropicales tienden a moverse hacia el noreste, con menos ciclones mar afuera de la costa de Queensland (noreste de Australia); pero, el grupo de islas situados al este de 165°E, tales como la Polinesia Francesa y Samoa, tienden a ser más impactadas por los ciclones. En el centro del Pacífico, durante los El Niño los patrones anormales de viento desvían a los tifones fuera de sus trayectorias convencionales, dirigiéndolos hacia las islas de Hawaii y Tahiti, donde fenómenos atmosféricos tan severos son, por lo general, poco usuales. En el noroeste del Pacífico, durante los El Niño la probabilidad de ocurrencia de tifones al oeste de 160°E es nula. En las La Niña, la tendencia es la opuesta y ha sido calculado que hay un 20 por ciento de mayor probabilidad de que los tifones impacten el sur del Japón o el norte de Filipinas.

El examen de un evento en particular revela una colección única de impactos y desastres. Dos eventos recientes – El Niño de 1997-78 y La Niña de 1988-89 – estuvieron entre los más fuertes del siglo y son excelentes ejemplos de algunas respuestas clásicas.

El Niño de 1997 fue vastamente pronosticado por los científicos. Lo que no fue previsto fue que él evolucionaría tan rápidamente desde sus inicios, alrededor de marzo-abril, hasta llegar a rivalizar con El Niño 1982-3 (2.000 personas fallecidas y 13 mil millones de dólares en daños), como el evento más importante del siglo. El primer gran desastre natural causado por El Niño llegó en julio, cuando los países de Europa del este experimentaron la peor inundación en cien años, que afectó a Polonia, Hungría, Rumania, Eslovaquia, la República Checa y Alemania oriental. Las peores crecidas en tres décadas se produjeron en Burma, donde medio millón de personas fueron dejadas temporalmente sin hogar. En África, las inundaciones en Kenia, Tanzania, Uganda y el sur de Somalía trajeron el cólera y una epidemia de fiebre en el valle Rift, Kenia. Hubo fuertes lluvias en las Islas Galápagos, mientras que costa afuera, la influencia de las aguas calientes causó la mortandad de extensas zonas de arrecifes coralíferos. Ecuador y Perú fueron azotados por meses de intensas lluvias. En este último país las crecidas de los ríos destruyeron treinta puentes mayores y 500 kilómetros de carreteras, con un daño evaluado en 100 millones de dólares. Las lluvias saturaron el país hasta el extremo que se formaron extensos nuevos lagos, pues la tierra no podía absorber más agua. Un inmenso lago de 150 por 30 kilómetros apareció en el desierto Sechura (cercano a la costa, al sur de Piura, en el norte del Perú), transformándolo en el segundo de mayor tamaño del país, que los locales llamaron "La Niña". El Niño 1997-98 cobró la vida de 2.100 personas y provocó daños a inmuebles de a lo menos 33 mil millones de dólares.

Las sequías afectaron partes de Indonesia, Malasia, Nueva Guinea, Hawaii, América Central, Venezuela, zonas mediterráneas de Colombia, el Caribe, el norte de China, Corea del Norte, y las cuencas de los ríos Mekong e Indo. En Indonesia, noreste del Brasil, este de Rusia y Florida, condiciones de sequía excepcionalmente severas dieron paso a extensos incendios. Sin embargo, Australia, India y Sudáfrica, tres regiones donde se esperan severas sequías durante un evento El Niño, sólo vivieron sequías normales o moderadas, como resultado de la influencia morigeradora de aguas anormalmente calientes en el Océano Índico.

En Norteamérica, la rama norte de la corriente en chorro confinó el aire frío a la zona central de Canadá y permitió que hubiera récords de temperaturas cálidas en toda la zona central y en las planicies del norte de Estados Unidos, permitiendo un ahorro de alrededor de 5 mil millones de dólares en calefacción. Mientras tanto, una fuerte rama de la corriente en chorro del sur trajo tormentas del Pacífico a la costa de California y clima frío y húmedo a la mayor parte de los estados del sur. En enero, un frente excepcional de tormentas se extendió entre el valle bajo del río Mississippi y el sur este de Canadá. En el sur este hubo avenidas y algunos tornados, mientras que el noreste experimentó la peor tormenta de hielo en cien años. Alrededor de 130.000 kilómetros de cables eléctricos y telefónicos cedieron al peso del hielo, dejando a más de 3,5 millones de casas sin energía eléctrica. Los daños alcanzaron a 4 mil millones de dólares.

En el Atlántico, la temporada de huracanes era muy suave, con sólo tres huracanes, comparados con un promedio de seis, con el récord de sólo un huracán durante agosto-septiembre, meses que normalmente son los de mayor actividad en cuanto a tormentas tropicales. En el otro lado de Estados Unidos, hubo siete huracanes, comparados con un promedio de cinco, aun cuando dos huracanes mayores impactaron la costa oeste de Norte América.

Como regla general, los mayores eventos La Niña no consiguen acumular una lista de desastres similar a la de los más intensos eventos El Niño. Esto se debe parcialmente a razones físicas. Por ejemplo, no hay evidencia, en registros instrumentales, de ninguna La Niña que rivalice con El Niño 1997-8 en términos de cambio de la temperatura de la superficie del mar. Pero, también es el resultado de aspectos demográficos. A muchas comunidades que viven en los trópicos o en los subtrópicos, Las Niñas significan lluvias más intensas y frecuentemente una bienvenida prolongación de la temporada de monzones. El último evento fuerte de La Niña 1988-9 provee un útil perfil de típicos impactos.

Las condiciones evolutivas propias de La Niña comenzaron temprano en el año 1988, inmediatamente después del término de El Niño 1986-87. En abril, los desplazamientos hacia el norte de la corriente en chorro del Norpacífico se tradujeron en corrimientos similares de las rutas de las tormentas que llegan a Canadá, negando así a Estados Unidos las tormentas que producen gran parte de las aguas lluvia. En el mes de julio, el 43 por ciento de la región contigua de Estados Unidos sufría desde sequías severas a extremas. Los productores de granos perdieron más de 25 mil millones de dólares y las reservas mundiales de granos cayeron a la mitad. Mirando hacia otras latitudes, la sequía también prevaleció en la parte central y noreste de Argentina, en la zona central de Chile (en Quinta Normal, Santiago, sólo se midieron 139,5 mm en el año 1988, el quinto menor valor anual en el Siglo XX), sur de Brasil, la planicie del norte de China, Túnez y Argelia. El Mercurio de Santiago del 11 de octubre señalaba que debido a la ausencia de lluvias, el río Amazonas en Iquitos, Perú, alcanzó el nivel más bajo de los últimos treinta años, comprometiendo el abastecimiento de agua potable; un nivel análogo se había alcanzado el 18 de septiembre de 1968. Europa occidental y gran parte del sector oriental disfrutaron del invierno más débil de los últimos 25 años.

Para muchos otros países, 1988 es recordado como el año de las grandes lluvias. Las crecidas afectaron a El Salvador, Nicaragua, Colombia, Pakistán, el sur de Tailandia, Sudáfrica, Mozambique, Nigeria y China central. En Australia, las avenidas llegaron un poco más tarde, a comienzos de 1989, llenando parcialmente el lago Eyre, ubicado en una zona desértica. En el noreste de India, una crecida del río Brahmaputra destruyó primero partes del estado de Assam, antes de sumergir más de tres cuartas partes de Bangladesh. La zona oeste del Amazonas registró su peor crecida en dos décadas. En Japón, en verano, clima frío y excesivamente húmedo se tradujo en la peor cosecha de cinco años. En Sudán, la lluvia anual promedio cayó en un lapso de quince horas durante septiembre, inundando tres cuartas partes de Kharoum y destruyendo sobre el 70 por ciento de las casas rurales y 80 por ciento de sus escuelas. Afortunadamente, para el resto del Sahel la lluvia anual se distribuyó en forma mucho más uniforme, con un verano húmedo que contribuyó a tener el mejor año en dos décadas.

Durante una temporada de huracanes muy intensos en el Atlántico, el huracán Gilbert estableció un récord en presiones atmosféricas a nivel del mar, de 888 milibares, antes de ir a asolar Jamaica, Haití y el este de México. El huracán Joan tomó una ruta inusual para las tormentas a través del sur del Caribe antes de causar daños por mil millones de dólares en Nicaragua. Pero, la contribución de La Niña a uno de los titulares de diarios con los mayores desastres del año – el mayor derrame de petróleo en la historia de Estados Unidos – es virtualmente desconocido. Cuando el capitán Joseph Hazelwood zarpó hacia el sur, a través del Estrecho de Valdés (cerca de Anchorage, Alaska), a bordo del Exxon Valdés, en la noche del 23 de marzo de 1989, su paso por el canal del Príncipe William estaba bloqueado por algo altamente inusual para esa localidad, una muralla de icebergs. Ello se debió a que La Niña debilitó al centro de bajas presiones de Las Aleutianas, que influencia a la corriente marítima costera de Alaska, la cual normalmente barre los icebergs de dichas rutas de navegación.

PRONÓSTICOS.

La civilización humana comenzó a desarrollarse cuando los pueblos se asentaron en determinados lugares y conocieron el ciclo climático anual, que es fundamental para múltiples actividades, entre ellas saber cuándo sembrar y cosechar. Pero, en contraste con la marcha de las estaciones, que es regular y, en consecuencia, predecible, "El Niño" se repite a intervalos irregulares que van de dos años a una década, y en ningún caso los eventos son exactamente iguales. Por ello, desde siempre el hombre ha intentado pronosticar las condiciones meteorológicas futuras, sobre todo cuando las condiciones del momento son adversas, ya sea por sequías o lluvias prolongadas.

Hoy no sólo hay una comprensión general de la manera en que la atmósfera y los océanos trabajan acoplados para conducir un ciclo El Niño, sino que los científicos tienen infinitamente más información a su alcance para establecer las condiciones que imperan en el Pacífico. Los satélites, dotados con altímetros de radar (entre ellos el satélite Topex/Poseidón, 1992), tienen la sensibilidad suficiente como para registrar fluctuaciones del nivel del mar de sólo unos pocos centímetros cada diez días. Además, la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA, por sus siglas en inglés) dispuso la red denominada Océano-Atmósfera Tropical, que consta de 70 boyas ancladas, desplegadas a través del Pacífico ecuatorial. Estas boyas, cuya instalación finalizó en 1994, están dotadas de equipos que miden y transmiten diariamente a los satélites orbitantes las características de los vientos, presión y temperatura atmosférica, humedad relativa, salinidad y temperatura del agua hasta una profundidad de 500 metros. Por último, hay diversos otros medios que proporcionan información meteorológica (buques, boyas a la deriva, globos sonda, estaciones terrestres continentales o en islas, etc.). Sin embargo, aún no se han establecido redes de observación para los océanos Atlántico e Índico ecuatoriales. Dado que parte de la variabilidad entre los diferentes episodios de El Niño y sus efectos regionales puede atribuirse a la actividad en estas cuencas oceánicas, es evidente la necesidad de mejorar la disponibilidad de información en estas áreas.

A pesar de toda la información disponible, es imposible efectuar pronósticos valederos, con varios días de antelación, respecto a las características del tiempo día a día, debido a vientos erráticos y a turbulencias que siempre permitirán asegurar que el comportamiento de la atmósfera es impredecible. Sin embargo, en una escala de tiempo algo mayor, el comportamiento de la atmósfera es controlado más por las temperaturas superficiales del mar. Y, dado que los océanos tienen una memoria larga, debido a su gran masa y capacidad térmica, el conocimiento del comportamiento de la superficie del mar nos permite un grado de predictibilidad climática. Con tal información, existe el potencial de hacer pronósticos con algunos meses de antelación respecto a la posible evolución de las condiciones de El Niño. No pueden esperarse pronósticos perfectos, pero sí pronósticos confiables. El comportamiento de la atmósfera y los océanos será siempre afectada por procesos caóticos o "ruido", como los climatólogos se refieren a ellos. Adicionalmente, el estado inicial nunca será perfectamente conocido, sin importar cuán detalladas puedan ser las mediciones del océano y la atmósfera. Las predicciones que se realicen con estados iniciales ligeramente diferentes pueden llevar a respuestas comprendidas en un amplio rango. Para tomar en cuenta este fenómeno, algunos modelos toman en cuenta diversas situaciones, para dar un pronóstico probabilístico.

Los pronósticos de El Niño han recorrido un largo camino en un corto espacio de tiempo. Se debe tener en cuenta que no sólo el evento 1982-83, uno de los dos más intensos episodios del Siglo XX, no fue predicho, sino que no se reparó en él hasta que alcanzó su máximo. Desde ese entonces, se han ido desarrollado modelos de pronóstico cada vez más sofisticados, el mayor de los cuales consume horas de un súper computador. Los científicos estiman que alrededor del año 2005 serán capaces de predecir, con un 70% de certeza, los eventos El Niño con un año de antelación. La probabilidad de acierto indicada es aproximadamente la misma que la que tienen los pronósticos del tiempo a dos días plazo.

Los pronósticos normalmente se realizan mediante dos sistemas básicos. Los más sencillos son los modelos estadísticos, que buscan condiciones análogas a las existentes en la información disponible de las últimas décadas. Su fortaleza radica en que se basan en eventos reales; pero, el corto período de que se tiene información y el hecho que no hay dos El Niño exactamente iguales, limitan su aplicación. El segundo tipo – los modelos de circulación general, o MCG – intentan simular las leyes físicas que gobiernan los océanos y la atmósfera y las interacciones entre ellos. Algunos son muy simples y sólo pretenden representar algunos procesos dentro de un contexto geográfico muy limitado. Un ejemplo de ello es el MCG del Observatorio Terrestre Lamont-Doherty, que contiene una representación relativamente simple del acoplamiento océano-atmósfera en el Pacífico tropical y en 1986 cumplió el hito de ser el primero en predecir acertadamente un El Niño. Otros MCG son mucho más sofisticados e incorporan muchos parámetros en el mar, atmósfera y tierra alrededor del globo. Se cree que en el futuro las mejores predicciones provendrán de estos MCG globales.

Hasta ahora ningún modelo ha sido reconocido como mejor que otro para predecir acertadamente el siguiente El Niño. Antes de El Niño 1997-78, había sobre treinta instituciones, cada una con su propio modelo. La mayoría de ellos predijeron que un El Niño ocurriría, aun cuando parte de dicho éxito era esperable, dada la intensidad de su señal. Por otra parte, sólo unos pocos predijeron sus principales características – su intensidad y la gran velocidad de su desarrollo. Contrariamente al éxito inicial, el modelo Lamont-Doherty no actuó muy bien, prediciendo a lo más un débil calentamiento del Pacífico. La predicción más exitosa provino de un modelo global muy sofisticado, desarrollado por el Centro Europeo de Pronósticos Climáticos de Mediano Alcance, que predijo tanto que el evento sería muy intenso como que se desarrollaría rápidamente desde comienzos de 1997. Pero, debido a que en esa época el modelo estaba aún en etapas experimentales de desarrollo, sus conclusiones no se hicieron públicas.

Los usuarios potenciales de pronósticos confiables son muchos y muy variados, todos deseosos de ahorrar cifras significativas de dinero y de vidas humanas. La industria de los seguros podría ajustar sus primas para cubrir adecuadamente los riesgos. Los servicios de emergencia podrían efectuar importantes planes de contingencias. Las industrias basadas en la pesca pelágica podrían programar sus entregas. Los agricultores podrían no efectuar plantaciones o bien, sembrar determinadas especies. En el caso del sector eléctrico en Chile, se podría optimizar el abastecimiento de la demanda a mediano plazo, balanceando adecuadamente la utilización de recursos hídricos y de combustibles fósiles.

En 1986-87, la Agencia Nacional de Servicios Meteorológicos de Etiopía utilizó el conocimiento del desarrollo de un evento El Niño, tomando las medidas por la sequía que se podía prever en el período normal de lluvias entre junio y septiembre. Al mismo tiempo, predijo buenas lluvias en el período de primavera entre febrero y mayo. De esta manera se pretendía evitar la repetición de la hambruna catastrófica que afectó al país en 1983-84. El resultado fue un incremento de un tercio en la producción durante la primavera y en el hecho que no se perdió ninguna vida humana durante la sequía en el período de lluvias.

Un caso similar se reportó en el noreste de Brasil, en el estado de Ceará. A fines de 1991 y previendo una sequía, el gobierno, a través de mensajes en los diarios y en la radio, llamó a los agricultores a tomar las medidas adecuadas. El resultado fue que la producción de granos cayó un 18 por ciento respecto a la media contra un 27 por ciento de reducción de las lluvias respecto a los valores promedio. Estas cifras se comparan favorablemente a la sequía de El Niño anterior, de 1987, donde no se hicieron pronósticos. En ese año la producción de granos se redujo en un 30 por ciento en respuesta a una reducción de las precipitaciones de un 30 por ciento. Sin embargo, la subsecuente intervención de las autoridades fue menos exitosa. Después de tener indicios contradictorios de que la lluvia en 1993 sería también inferior a la normal, a fines de 1992 se emitió un pronóstico de lluvias normales. El pronóstico fue emitido después de ciertas presiones políticas que indicaban que un segundo pronóstico de sequía sería desfavorable para la campaña de reelección del gobernador. Cuando las lluvias declinaron en un 40 por ciento y la cosecha de granos lo hizo en un monto similar, la institución gubernamental correspondiente a la oficina meteorológica cayó en desgracia y hasta hoy hace esfuerzos por recuperar su credibilidad.

Durante El Niño 1997-78 las organizaciones gubernamentales de Zimbawe y Zambia fueron fuertemente criticadas por errar sus pronósticos en la dirección opuesta. Como ya era claro que un El Niño excepcionalmente intenso se estaba desarrollando en el Pacífico, se alertó a la población y a los agricultores respecto a una sequía severa en ciernes. Los banqueros negaron los créditos. Los ganaderos y agricultores también respondieron con medidas drásticas; sacrificaron o trasladaron el ganado; algunos no sembraron nada en absoluto, mientras que otros efectuaron cultivos con semillas más caras y de menor rendimiento, pero resistentes a las sequías. Sin embargo, un calentamiento inusual de las aguas del Océano Índico mitigó las señales de El Niño y las lluvias de verano fueron sólo ligeramente inferiores a las normales. La población reprochó fuertemente a los organismos y a los técnicos que efectuaron los pronósticos. En Perú, las advertencias de las autoridades permitieron a muchos agricultores y pescadores aprovechar los efectos de El Niño. El pasto creció en terrenos generalmente áridos y los agricultores criaron ganado. Pudo sembrarse arroz y frijol en áreas que normalmente son demasiado áridas para esos cultivos; los pescadores programaron la pesca del camarón en aguas costeras, por lo general demasiado frías para los mariscos.

Los países tropicales son los que más tienen que ganar con la predicción de El Niño, porque ellos reciben una desproporcionada porción de los impactos antes descritos y, por ende, están ubicados en aquella parte del mundo donde los modelos de predicción del clima son más precisos. Pero, para muchos países fuera de los trópicos, tales como Japón, Estados Unidos y Chile, predicciones más precisas de El Niño traerían igualmente beneficios para el planeamiento estratégico de áreas tales como la agricultura, manejo de recursos hídricos y las reservas de granos y combustibles.

CAMBIO CLIMÁTICO GLOBAL.

Mientras la exactitud de los pronósticos continúa mejorando, eventos recientes sugieren que los objetivos por investigar pueden estar cambiando. Hay pocas dudas que desde mediados de la década de 1970, los El Niño han estado actuando en forma extraña. Por ejemplo, en 1975 estaban presentes todos los indicadores usuales que indicaban que se estaba gestando un El Niño pero, tan pronto como se despacharon al Pacífico algunos navíos de investigación para estudiar el fenómeno, el océano y los vientos retornaron a la normalidad. El Niño 1982-83 fue excepcionalmente intenso, ciertamente el más intenso de los últimos cien años y se esperaba que no fuera comparable a otro evento por desarrollarse en los siguientes 100 a 400 años. Sin embargo, el evento acaecido sólo quince años después logró alcanzarlo. En 1990 otro evento confundió las expectativas, al no decaer después de haber transcurrido los doce meses usuales y continuando por otros cuatro años. Similarmente, La Niña de 1998 no decayó como se esperaba a comienzos de 1999, continuando hasta el otoño de 2001. Y, sobre todo, desde mediados de la década de 1970, sin incluir la reciente y extendida La Niña, ha habido mucho menos de esos eventos que El Niño.

Nadie está seguro como para decir cuánto de este comportamiento aberrante puede ser atribuido a causas humanas. Pueden esperarse variaciones en el comportamiento de El Niño cada cierto tiempo. El análisis de registros históricos, junto a información algo más antigua, tal como testigos obtenidos de glaciares, revela fluctuaciones de largo plazo en los El Niño. Por ejemplo, hubo menos actividad El Niño de la que podría esperarse entre 1925 y 1950, sin contar el fuerte evento de 1939-41. Adicionalmente, el nexo entre un El Niño y la respuesta de una región en particular, puede variar, por lo cual por ciertos períodos el clima de una determinada región no es afectada de una manera típica. Sin embargo, muchos científicos dudan que este maquillaje y debilitamiento natural sea suficiente como para explicar cabalmente el comportamiento inusual experimentado después de 1975. Según la NOAA, en el último siglo se presentaron 23 episodios de El Niño y 15 de La Niña (otras organizaciones en el mundo llevan una cuenta ligeramente diferente; de hecho, la lista presentada difiere de las cifras indicadas). De los diez episodios de El Niño más poderosos del siglo, los cuatro más fuertes han ocurrido a partir de la década de los ochenta. Pero, nadie sabe si esto indica una tendencia o simplemente una coincidencia fortuita sin importancia. Basándose en un análisis estadístico de la información histórica, un estudio simuló un registro de un millón de años y concluyó que la reciente tendencia de tener más frecuentes y prolongados El Niños, podría ocurrir en forma natural una vez cada 2.000 años. Para muchos esto sugiere que el reciente comportamiento de El Niño puede ser mejor explicado por la influencia del calentamiento global.

Se sabe que pequeños cambios en la temperatura superficial del mar inducen cambios en las proporciones de diferentes formas atómicas (isótopos) de oxígeno que los corales van incorporando en la medida que crecen. Por consiguiente, un análisis químico de los corales proporciona un registro de las temperaturas de los mares. Analizando corales del oeste del Pacífico por un período de 155 años y comparando las temperaturas del mar inferidas con los eventos El Niño, se pueden obtener diversas conclusiones. En el Siglo XIX, por ejemplo, los eventos El Niño retornaban cada 10 a 15 años. Pero, a comienzos del Siglo XX esto cambió a un pulso de aproximadamente 3 años, al igual que la temperatura de las aguas en el oeste del Pacífico aumentó ligeramente. Luego, alrededor de 1950, el ritmo cambió nuevamente, a un ciclo de cada 4 años, el cual persiste hasta hoy en día. Este pulso se marcó particularmente después de 1976, cuando hubo otro cambio en la temperatura promedio de los mares. Es decir, de acuerdo a la correlación establecida en base al análisis de los componentes químicos de los corales, la temperatura promedio del Pacífico influye sobre la periodicidad de los eventos El Niño.

Entre las transformaciones más importantes que han ocurrido en el planeta por obra del ser humano, está el cambio climático global. Se trata de una mezcla de efecto invernadero con adelgazamiento de la capa de ozono, que está alterando el equilibrio energético del globo. Se sabe que durante el Siglo XX las temperaturas globales aumentaron en 0,6°C, notándose un incremento en la tasa de crecimiento en la década de los 70. En el siglo actual se espera que las temperaturas suban del orden de 2 ± 1°C. Esto hará que la tierra alcance su mayor temperatura de los últimos 150.000 años. Adicionalmente, el adelgazamiento de la capa de ozono, como consecuencia de la utilización de productos del tipo clorofluorcarbono, toca directamente a la Antártica, que es parte del motor climático del planeta, y a todo el cono sur del continente americano.

A causa de lo anterior se está acelerando el derretimiento de los glaciares y de los hielos otrora eternos. Por ejemplo, se espera que los glaciares del Kilimanjaro, en Tanzania, queden sin hielo alrededor del año 2020. En Chile, el turístico glaciar de San Valentín, que se sumerge en las aguas salobres de la laguna San Rafael – es el glaciar más cercano al Ecuador con dicha característica – ha retrocedido varios kilómetros en menos de un siglo, habiéndose incrementado su ritmo de retroceso después del año 1975.

La lluvia global también se espera que cambie. De hecho, durante el Siglo XX experimentó un incremento de un 2%, con algunas partes de medianas y altas latitudes que recibieron un 10% extra. En el Siglo XXI se espera un incremento global comprendido entre un 3 y un 15%. Sin embargo, esta cifra no estará uniformemente distribuida, por lo cual algunas regiones han visto y verán una disminución de sus precipitaciones. La tendencia a tener un mayor porcentaje de las precipitaciones como chubascos muy intensos, como se observó por primera vez en el Siglo XIX, se espera que continúe. En consecuencia, se pueden prever mayores tormentas e inundaciones. Para fines del presente siglo se espera también que el nivel de los mares suba en alrededor de 50 ± 35 centímetros, habiéndose incrementado ya en 10 centímetros en los últimos cien años. Todavía no está claro si se incrementará el número de ciclones, tifones y huracanes, pero desde 1969 aparentemente ha habido un incremento de un 40 por ciento en el número de tormentas tropicales intensas.

Gran parte de este cambio se debe a la utilización de la principal fuente energética de que disponemos, los combustibles fósiles. Alertados por la comunidad científica, los gobiernos del mundo se han reunido en sucesivas cumbres para intentar llegar a un acuerdo sobre lo que se puede y debe hacerse. No obstante, en estas cumbres ha sucedido siempre lo mismo: algunos de los países que más contaminan la atmósfera se niegan a firmar los protocolos, en un desencuentro abierto entre su desarrollo económico y el bienestar del resto de la humanidad. Estados Unidos, que debido a la quema de combustibles produce algo más del 20% de las emisiones contaminantes del mundo, ha sido el principal culpable del fracaso de estas cumbres. Otros países que le siguen a la zaga son China y Rusia. Latino América produce un 4 % del total de contaminantes del tipo efecto invernadero.

Geográficamente hablando, el cambio climático afecta a Chile de manera especial. Si se cumplen los vaticinios de que las zonas más áridas verán reducirse las precipitaciones, ello se traduciría en una disminución de éstas desde Santiago hacia el norte. De hecho, según un informe emitido en el 2001 por las Naciones Unidas, en el Siglo XX se advierte un constante descenso, de hasta un 25%, en las precipitaciones en las costas de Chile. Por otra parte, el derretimiento de los hielos se puede constatar en prácticamente todos los glaciares del país. Ello llevará a una reducción de las reservas de nieve y hielo en las regiones en altura, lo que podría alterar ligeramente el régimen de escurrimiento de los ríos. Esto hará más vulnerables a extensas zonas frente a las sequías.

La verdad es, según lo dijo recientemente el Presidente Bush, que no se sabe exactamente qué cambios vendrán, ni con qué velocidad se producirán. Por tal motivo, Estados Unidos se comprometió a invertir cifras relevantes en investigación, para establecer con más exactitud el rol que juega cada una de las variables involucradas y las maneras de reducir los cambios climáticos, buscando alternativas científicas. Sin embargo, adoptó el compromiso de reducir la emisión de contaminantes, probablemente con la producción de energía mediante centrales nucleares.

En resumen, los avances tecnológicos que se han desarrollado o que se están perfeccionando, permiten vislumbrar los cambios climáticos que sucederán, pero las reales consecuencias de estos cambios están aún por verse.

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Bibliografía.